Un viaje a la profundidades

A Jérôme le duele la cabeza. No tiene muy claro lo que pasó ayer, lo que sí que sabe es que al lado de su vómito no están ni su mochila ni su cartera. Con ella ha desaparecido toda su documentación y las escasas pertenencias con las que viajaba los últimos meses. Su idea era ir a la estación y continuar su viaje. Se había «olvidado» de pagar la cuenta en un hostal del centro. Volver a allí no parece la mejor idea, pero las circunstancias apremian y parece ser la única.

La regente se apiada de él y olvida que había intentado dejar a deber. Le sigue alojando a cuenta e incluso le prepara una sopa. Tras una noche descanso y lloros, por la mañana, un nuevo horizonte se abre delante de él. Durante los peores momentos pensó en pedir ayuda al padre abusivo que había dejado atrás en su Francia natal. Sin embargo, ahora la ilusión se abre paso para afrontar este nuevo desafío. Escapó de un hogar donde no era feliz para conocer mundo y vivir nuevas aventuras. Ahora está delante de la madre de todas las odiseas.

Europeo bajando a las profundidades de la mina de Cerro Rico

La señora del establecimiento le dice que Potosí es una ciudad pobre y en decadencia, no hay empleo, pero en la mina siempre necesitan hombres y nunca hacen muchas preguntas. Le indica una dirección, allí se dirige. En el barrio minero Jérôme no llama la atención. Los mineros con sus caras negras de hollín se han acostumbrado a compartir espacio con turistas extranjeros que dejan buenas propinas y compran material de North Face fabricado en Bolivia con escasa calidad.

La mayoría de los patrones se toman a broma su proposición, sin embargo, Ezequiel anda corto de personal. Le dice un par de bonitas palabras sacadas del sermón del domingo sobre el prójimo y la dificultad, aunque el verdadero motivo es que unas manos extra siempre vienen bien. Los mineros forman un gremio bastante fuerte y en cada cuadrilla se cobra a porcentaje. A Ezequiel le gustan los mineros que no preguntan cuál va a ser el suyo.

Minero preparando dinamita

El primer día de Jérôme en la mina es duro, muy duro. Miedo, hambre y sobre todo un cansancio físico como el que no había experimentado nunca. La oscuridad y la claustrofobia se vencen a base de la necesidad. Si no logra trabajar no come, si no logra trabajar no pagará el hostal, si no logra trabajar, aunque recobre el pasaporte no será capaz de pagar un pasaje de regreso. Catorce horas después Ezequiel se siente satisfecho, no ha sido un gran día, sin embargo, ni en sus mejores sueños se esperaría haber encontrado un obrero tan dedicado en el mercado. Ya nadie quiere trabajar en la mina. Los que lo hacen no van a contratar con el primero que pillen, sino que acudirán a aquellos conocidos de familiares en los que puedan depositar la confianza.

Mercado minero

Con el tiempo la cuadrilla de Ezequiel fue volviendo, a todos les sorprendía ver al francés. Su desconfianza inicial se veía superada tras unas horas con él. Acumuló el dinero necesario pero aún así permaneció por tres meses en la mina por orgullo pero sobre todo por camaradería. El objetivo de su viaje era obtener nuevas experiencias y madurez. Las condiciones de trabajo, la confianza incondicional en tus compañeros porque tu vida depende de ello, el hecho de saber que cada mañana al entrar a trabajar puede ser el último, el placer al descubrir una nueva veta de mineral, disfrutar cada vez que se vuelve a ver el sol, … ese tipo de experiencias no se puede conseguir en ninguna beca Fullbright.

Minero trabajando

El día de su despedida será recordado, muchos abrazos en el mercado minero y alguna que otra lágrima. Las diferencias económicas y culturales habían desaparecido para debajo de la carcasa encontrar algo mucho más puro en la amistad y el compañerismo. Jérôme aún conserva ese recuerdo indeleble en su memoria, no obstante es consciente que esos meses en la mina repercutirán en su salud y su esperanza de vida. De haber continuado ejerciendo ese oficio hubiera sido como una lánguida eutanasia. A diferencia de sus compañeros, él tenía la suerte de poder elegir.

Ofrendas a «El Tío»

Ahora, desde su cuarto en la Défense, observa París a sus pies. Su cama está coronada por la foto de su cuadrilla con las ofrendas a «El Tío» y debajo aún conserva su primer cartucho de dinamita que no llegó a explotar y que consiguió traficar por la aduana. Jérôme no se arrepiente de su experiencia que le ha hecho un hombre diferente. Un hombre mejor.

Echa la vista atrás y se da cuenta que cuando inició ese viaje a las profundidades de la tierra lo que encontró fue la profundidad del alma humana. Se siente inmensamente afortunado, ninguno de sus compañeros de colegio podrá vivir tan plenamente como él ni aunque lo fueran a hacer durante cien vidas seguidas. Miró al sol del amanecer y se sintió profundamente feliz de seguir vivo.

Podrías haber sido tú

Jérôme es un nombre inventado y la historia está novelada, pero es verídica. Nuestro guía nos comentó que en 25 años sólo dos occidentales habían trabajado en las minas, un australiano con intereses mineros en su país natal y un francés al que le habían robado todo mientras viajaba. Ese francés me lo he imaginado yo como Jérôme.

Un comentario sobre “Un viaje a la profundidades

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s