La leyenda del cura sin cabeza

«Estaba en la barra de la taberna. El tabernero me servía chicha en un vaso sucio. Las calles estaban vacías a esas horas, pero no nos llamó la atención que entrase un nuevo parroquiano. Entró como una exhalación. Jadeando y muy asustado, como si hubiese visto un fantasma. Todos nos giramos. Ese hombretón no parecía la clase de gente que se impresione con facilidad.

─ ¿Manuel, se puede saber qué le pasa? ─demandó el dueño del local.

Manuel pidió un tragó sin pronunciar palabra. Engulló con avidez el alcohol de alta graduación. Su rostro lívido poco a poco comenzó a recobrar el color.

─Por todos los muertos del Papa, me he cruzado al mismísimo Cura sin cabeza.

Las risas fueron generalizadas. Uno de los borrachines habituales hasta se orino encima. El rostro de Manuel, que había estado pálido como un lirio unos momentos antes, se tornó rojo de ira y vergüenza. Sin embargo, encontró un improbable aliado en el tabernero.

Mapa de Cuenca (Ecuador)

─Callados, todos. Hijos de mil y una hienas. El Cura sin cabeza existe. Mi tatarabuelo lo enterró. Ese hijo de la gran puta se divertía castigando indígenas, violando muchachas y mandando a inocentes al cadalso. Cuando la Parca se lo llevó nadie lo quiso enterrar. Mi tatarabuelo fue el único valiente, lo hizo por necesidad. Cobró buenos reales por ello, eso sí, cuando el cuerpo cayó en la fosa, el demonio ya se había llevado la cabeza para que su cuerpo vagara entre los mortales. Para que fuese un alma en pena y vagase entre los vivos. Recogiendo más pecadores para compartir su penitencia en el infierno.

Manuel, si lo has visto es porque iba a por ti. Pocos sobreviven a su destino. Te aconsejo que vayas a confesarte y que evites las calles. Escapar una vez ha sido casualidad y suerte. No volverá a ocurrir.

Ya no quedaba ninguna risa apagada. El ambiente se podía cortar. Poco a poco los parroquianos abonaron sus consumiciones y abandonaron el local. Yo, sin embargo, que no creo ni en dioses ni demonios, me acerqué a Manuel y le pregunté dónde había sucedido ese encuentro desafortunado.

La noticia corrió por la ciudad de Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca como la pólvora. Se llenaron las salas de confesión, al mismo tiempo que se vaciaban las calles. Cuando el sol se ponía en la calle no quedaban ni los mosquitos. No quedaba nadie, excepto yo. No pasaron más que unos días, hasta que yo mismo pude comprobar que los rumores eran ciertos. Oculto tras la bruma del río Tomebamba, vi una oscura figura moverse. Esa figura tenebrosa me erizó los pelos de la espalda mientras ascendía por la Calle Larga. No pude honrar mi fama de persona templada y hui como un niño asustado.

Un rato después, ya desde mi pequeño cuarto, hundí mi rostro entre mis manos avergonzado. ¿Cómo era posible que hubiese tenido miedo? Ese pensamiento dio el valor necesario y el estado de ánimo para solucionar el problema de esta ciudad maldita, como tantas veces lo había hecho en mi Europa natal.

El plan no parecía muy elaborado, pero sabía que sería efectivo. Hice todos los preparativos y me decidí a realizar una de las cosas que un cazador de monstruos hace mejor, esperar.

Esa noche del jueves 14 de abril de 1756 me decidí a cazar al Cura sin cabeza. No me equivoqué esperando en el mismo sitio, a medio camino entre el seminario y el barrio de libertinaje que, debido a las circunstancias, permanecía cerrado. Tampoco me equivoqué cuando el fantasma decapitado evitó enfrentarse a mí y torció abruptamente en la calle anterior cayendo en mi trampa. Sus gritos de dolor no hicieron más que asustar más a los aldeanos que echaron el tranco a sus puertas y ventanas.

Yo me acerqué a esa sotana que parecía levitar. Allí, con el lazo que había puesto en la calle como si una trampa para conejos se tratase, encontré a un seminarista asustado. Un hombre sin fe, con una sotana subida hasta el cuello para poder ir a visitar a las prostitutas sin ser visto.

Una vez más Abraham Van Helsing triunfaba sobre el mal.»

El Cura sin Cabeza (Cuenca – Ecuador)

El folclore internacional está plagado de historias de curas sin cabeza y de fantasmas de eclesiásticos que deben de pagar sus pecados en la tierra. En Latinoamérica estas leyendas son muy comunes y parecidas. El hecho de que los clérigos tuviesen que impartir justicia por la gracia de Dios, o del Rey de España, les causó no pocos enemigos.

La población aborigen, débil en posición, no pudo más que engordar el folclore con historias de curas pecadores. En Cuenca se cuenta la historia de un cura libertino con cierta pasión por las mujeres casadas. Al final unos estudiantes le tendieron una trampa con una cuerda para desenmascarar a ese cura sin cabeza y sin vergüenza.

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