El «Incidente»: versión WhatsApp

Introducción

Son casi 150 entradas y llegas al principio del fin. Eres uno de esos fieles y escasos seguidores del blog. No te preocupes, ya no más entradas de «Diario de a bordo» como si fuese una guía de viajes de lugares que no visitarás y ni siquiera te apetece, menos aún en esta cuarentena que parece infinita. Hoy es tu día de suerte, ha llegado el morbo, lo estabas esperando. Puedes silenciar Salsa Rosa y empezar a leer esta entrada desde tu sofá.

Al volver de Sudamérica contaba el «incidente» como si fuese la cosa más banal. No quería que me definiese y que fuera un ente de mi personalidad en sí mismo. Al principio, acogí como una frivolidad el apodo del «naufrago» ¿Acaso llamarías «el huérfano» a alguien que pierde a sus padres en un accidente de coche? No llegaba a entenderlo.

Considero que mi personalidad no cambió demasiado tras los mensajes de apoyo tras salir en el periódico y seguí repitiendo una y otra vez la misma historia, emanando imágenes desde esta cabeza mía que puede recordar sucesos de manera fotográfica.

El océnano y su inmensidad

Desde el punto de vista psicológico me sentía bien, hasta que una noche me di cuenta de que durante el sueño el mal del mar me asaltaba. A aquellos de vosotros, gente de tierra firme, que os mareáis al subir a un ferry podréis imaginar lo que es pasar diez horas a la merced del vaivén de las olas en un día de tormenta. El intrincado sistema del oído interno se distorsiona para paliar esa sensación de vértigo. Una vez fuera del agua la sensación vuelve otra vez, mareos y ahogos, hasta que el sistema vuelve a calibrarse. Esa sensación psicosomática me empezó a atacar por las noches, no por el trauma, sino por el hecho de revivir la situación una y otra vez en cada una de las conversaciones. Me di cuenta de dos cosas, de mi capacidad de revivir y de que la gente sólo estaba interesada en la parte morbosa del viaje. Tomé una decisión y dejé contar la historia, desde entonces sólo la he relatado un par de veces y siempre con varias capas de autoprotección. La mente humana es curiosa, al igual que el suceso había sido colocado en una parte privilegiada de mi memoria, me centré y lo relegué a un rincón escondido donde no molestase hasta que fuese realmente útil.

Mientras pensaba que iba a morir, pero no podía hacer nada ni para evitarlo ni para provocarlo, las horas pasaban mirando al universo infinito y esas estrellas que estaban ocultas tras un grueso manto de nubes que descargaban gotas de lluvia sin piedad sobre nuestros helados cuerpos, pensaba en que en el improbable caso que saliera de esa, debería aprender y poner en valor la situación. En caso contrario sobrevivir, no valdría para nada. La primera idea fue la de escribir un libro, un ejercicio para el autoconocimiento para mí y para quién quiera leerlo. No obstante, es algo más fácil de decir que de hacer.

Estos meses he estado completando el blog a modo de retardante. Hoy es el primer día que vamos a tratar el tema. Por primera vez voy a releer el mensaje que escribí desde el móvil de mi padre al grupo de mis seguidores del viaje. Ese mensaje ha sido reenviado innumerables veces, sobre todo para evitar tener que volver a contar la misma historia. Hoy, como no podía ser de otra forma, será la primera entrada. Mi objetivo es, antes del 4 de julio, día del aniversario del evento, ir completando el blog intercalando entradas del viaje y del incidente. Intentaré que las entradas sean lo más sinceras posibles. Una vez acabadas, tendré que evaluar si hay material suficiente para invertir el tiempo necesario para escribir ese libro de autoayuda que mi cuerpo necesita, pero dudo que la sociedad demande.

Aquí, el relato en mi primera persona, escrito de una sola tacada y sin ser repasado. Los errores de expresión y la falta de coherencia creo que forman parte de esa autenticidad de este así que no lo corregiré. Espero que saquéis algo en claro en las siguientes entradas y lo que es más importante, al menos para mí, espero aprender.

El relato (versión WhatsApp)

(Iván al aparato)

Buenos días a todos,

Os espera la entrada más larga de este grupo. Si no tenéis tiempo para leerla dejadlo para más tarde ya que para desgracia de los que disfrutan de este magazine, como los 3 Mosqueteros ha llegado a su último capítulo. Una pena, pero estoy seguro de que este capítulo no va a defraudar a nadie (NO SPOILER).

Como referencia el barco de enfrente tres horas después de la hora estimada de salida

En el capítulo anterior…

«El joven Iván deja las paradisíacas playas del Pacífico y tiene que tomar una decisión acompañar al joven vasco al norte hacia Nuquí o al insulso valenciano que se recorre Sudamérica viendo series de Netflix en el hostal. Estad atentos a las aventuras de vuestro no tan joven amigo.»

*Capítulo final. A disfrutar del Pacífico en su inmensidad* 

El amigo de mi hermano me había dicho que tenía que visitar la reserva de la playa Juan de Dios. Intenté reservar el tour la noche anterior. Playas vírgenes, las tres Marías (cascadas) y piscinas naturales. Al vasco le habían dicho que podía coger el barco a Nuquí y se bajaba del plan. El valenciano todo lo que fuera gastar dinero no entraba en consideración y la francesa se iba a pescar.

Me levanté a eso de las 7 para poder salir a las 9. La chica del hostal llamó al organizador del tour. Ya había salido, pero para eso de las 11 tenía otro tour y volvíamos a salir, tocaba esperar. Eso complicaba la logística porque la última lancha que salía de Juanchaco era a las 16. En cualquier caso, no quería irme de allí sin verlo. Así que nuestro pequeño grupo había durado un par de días y se volvía a separar.

No fui ni a la playa esperando el tour. Como suele ser habitual en países del tercer mundo ese tour no llegó ni a las 10, ni a las 11, ni a las 12, … al final le dije la señora. 

─»Mire me voy a ir en la lancha de la 13h» 

─»¡Ay!, ya lo siento, haber reservado ayer»

Me arrepentí de no haber cogido cualquiera de los otros tours. En cualquier caso, la señora del hostal se portó muy bien conmigo. Así que había llegado al límite del continente y no había visto lo que me habían recomendado, un poco decepcionado la verdad. Ni ballenas ni los imperdibles de la zona. En el momento tomé la decisión de seguir al exfutbolista en su aventura de 22 horas en barco. Mi idea era de poder ver toda la costa del Pacífico y alguna ballena. Cogimos un taxi que nos llevó al Piñal (ver última ubicación en el chat).

Si Buenaventura y San Cipriano son ya el África de Colombia aquí te sientes directamente en el Cuerno de África como el Mogadiscio que muestran en las películas, caos en calles sin asfaltar, gente, tráfico, desorden, … de allí salía nuestro barco a las 16.00, llegábamos un poco justos, pero cuando compramos el billete ya nos lo vendieron para las 18.00 y presentarse a las 17. Nos daba tiempo a comer así que sin problemas.

El vasco estaba super emocionado. «Esto es como Port Aventura, pero en auténtico.» Yo la verdad que mostré mi desconfianza. Pasar un día entero en una lata de sardinas no parecía el mejor plan, pero me consolaba pensando en las vistas de la costa. Él seguía insistiendo:

─»Hay camarote y pensión completa».

Permitidme mi cautela sobre la calidad del proceso, no dudaba que hubiera un sitio dónde dormir y algo de comida, eso no quiere decir que fuera alojarse en el Ritz. Aunque nos insistieron que el barrio era seguro, yo preferí ir al barco más pronto que tarde. La carga se acumulaba por los pasillos y los camarotes eran 6 literas en menos de 2 metros cuadrados. El vasco seguía contento yo pensaba que tendría tiempo para escribir y dormir en cubierta.

─»Ortega Lara se sentiría agobiado aquí.» se escuchaba a lo lejos.

Los camarotes del  «Karol Tatiana»
Los camarotes del «Karol Tatiana»

El barco acabó saliendo más allá de las 19h. El vasco se sentía eufórico, era una experiencia auténtica fuera de los circuitos turísticos. Cierto es que el destino sale en Lonely Planet, pero éramos los únicos europeos en el barco.

Según soltó amarras ya se olía que la ingeniería y la marinería no era el fuerte de la tripulación. Un barco costanero de estas características se tiene que cargar fuerte en popa para que la proa quede elevada y por supuesto equilibrarlo. El barco estaba claramente ladeado a babor e inclinado a proa. Un chaval que parecía que entendía nos dijo que eso iba a ralentizar la marcha. Yo pensé que pararían a equilibrarlo. Llámame iluso.

Así que con esas zarpamos de puerto. A posteriori me enteré de que estábamos en el límite (fuera del límite legal de hecho). Las mareas del Pacífico son enormes y afectan a la Bahía así que los barcos zarpan con marea alta para que haya calado. Antes de salir de la bahía y despidiendo el puerto de Buenaventura nos paró la Armada. Creíamos que iba a pasar de largo, pero al parecer la embarcación presentaba una imagen precaria con el barco por debajo de su línea de flotación. El chaval nos dijo que nos mandarían otra vez volver a puerto y reacomodar la carga. Eso significaba no poder salir.

Mis pertenencias descansan en el fondo del mar
Mis pertenencias descansan en el fondo del mar

Si os soy sincero yo me sentí aliviado. La verdad que desde el principio todo olía mal y mi atrofiado sexto sentido no falla nunca en estas situaciones y siempre me da unas nociones de lo que puede pasar. En cualquier caso, la mar estaba en calma y parecía que íbamos en una bañera. El puerto está a la vista y hay una puta fragata escoltándonos. 

Los militares se subieron al barco con el perro. Un chucho muy bonito. Nos interrogaron a los dos españoles. Te diría que me sentí como un terrorista, pero el no tener nada que ocultar siempre ayuda.

Al final los militares abandonaron la nave. Yo que me había hecho a la idea de coger un autobús le dije:

─»¿Pero el barco está bien? yo prefiero llegar tarde que no llegar.»

─»Sí, está bien.»

El patrón aprovechó hasta el último resquicio del barco para sobrecargarlo, eso es un camarote
El patrón aprovechó hasta el último resquicio del barco para sobrecargarlo, eso es un camarote

Nunca había visto decir algo con una boca tan pequeña. Los que llevaban 10 años cogiendo ese barco me tranquilizaron diciendo que nunca pasa nada. Estos turistas que no han salido nunca al océano. Cierto es que en la playa de Burgos no entran barcos. Nos dieron de cenar y continuamos marcha. Yo actualizaba el blog mientras chateaba. Una chica, preocupada, me dijo que avisara al llegar. Eso no reconforta a nadie. En mar abierto la embarcación se movía mucho y me empezaba a marear así que me fui al camarote y allí a descansar. Después de seis meses viajando no era tan resiliente como pensaba, una nenaza en toda regla.

*Dormí durante casi doce horas, me levanté para ver la belleza de la naturaleza virgen y alguna ballena se acercó a saludar al barco. Llegamos a la hora y todos mis temores eran infundados. Mi sexto sentido falló. Lástima que absolutamente todo lo que he dicho en el último párrafo es mentira. *

*El relato que viene a continuación es atroz, muy triste y sólo reflejará los sucesos acaecidos desde la superficie, deje de leer si su alma es sensible*

Aquí lo que sucedió.

Yo me acomodé en mi litera de 30 centímetros de altura por 40 cm por 1.80m como pude. Agradecí que el espacio fuera tan agosto porque el barco se movía con los vaivenes del mar. Con los cascos puestos empecé a oír a la gente gritar, el ruido de los motores se apagó y la luz del barco desapareció. Si he perdido cualquier atisbo de fe en la humanidad tras el paso por América, en el África de América mi consideración por la gente es pobre así que no di mucho crédito a sus gritos, pero lo del motor y la luz no era buena señal. Abrí los ojos y estaba de pie. Literal. No sé si podéis visualizar la situación. Si estabas tumbado, pero ahora estás de pie es porque mi situación es relativa. El barco estaba totalmente de lado. Me metí el pasaporte en los huevos y cogí la funda sumergible del móvil y decidí salir. Mi puta educación me hizo esperar a que el resto de la gente saliera. Al rato (estamos hablando de segundos) salí.

Sí, efectivamente, el barco que no parecía el Titanic cuando nos subimos lo era en el resultado. La incompetencia y la negligencia llevaron, al armador a aceptar más carga de lo sensatamente admisible, la falta de pericia de los estibadores amateurs hizo que el la carga estuviera distribuida de manera temeraria e irracional, la corrupción de la Armada (que ganaría su sobresueldo en forma de soborno) hizo que dieran el paso de manera prevaricadora a una embarcación que incumplía sus propias y laxas normas, la impericia del piloto hizo que intentará ganar tiempo en una mar revuelta y que volteara la nave en un solo golpe de mar.

Barco similar al «Karol Tatiana»
El barco de enfrente cuando realmente salimos

Allí estaba yo, en el techo de la nave viendo las luces de la costa, con mi móvil, mi cartera y mi pasaporte. Es increíble lo tranquilo que estaba. La verdad es que no temí por mi vida en lo más mínimo y sólo pensaba en cerrar correctamente la funda del móvil para salvarlo. Estábamos cerca de la costa, soy un nadador bastante correcto y el marinero dijo: «he dado la voz de alarma».

Os puede parecer increíble pero así os da una idea de lo raro que soy, en mi vida he pensado que escapar de situaciones de peligro es muy fácil si lo haces solo. Las cosas se complican cuando hay que ayudar a la gente y fantaseaba viéndome a mí mismo en esa situación y cómo respondería. Así que allí estaba yo pensando en mi móvil.

La señora que había obstaculizado mi huida del camarote estaba allí. Era la misma que nos había obligado a rezar al iniciar el trayecto y la que había pedido los chalecos salvavidas obteniendo esta respuesta:

─»Señora, los chalecos se llenan de agua y a las 12 horas la llevan al fondo, jajajaja».

Yo pensé que doce horas era un tiempo cojonudo para flotar.

Desde mi atalaya podía ver las luces de la costa y a esta señora pidiendo ayuda:

─»¡¡¡¡El bebé, el bebé!!!! Que alguien salve al bebé.»

A mí me hacía gracia la verdad. Veía como ella tenía que elegir entre el niño y el bebé y en vez de decir mi bebé decía el bebé para dar mejor respuesta. Instinto de supervivencia puro y duro. Yo no soy ningún héroe, ni entiendo del mar ni me gustan los niños. Mi instinto no me lleva a ayudar en esa situación porque considero que hay gente más capacitada que yo: la tripulación, los locales con conocimientos náuticos,…. Así que la mujer ya tenía el agua por las rodillas así que… con dolor de mi corazón pronuncié unas palabras de las que después me arrepentiría:

─»Señora, ya cojo yo al niño»

A esas alturas aún pensaba en cerrar la funda del móvil y poder salvarlo. Con un niño en brazos y sobre una nave que se hundió en menos de un minuto la operación no fue sencilla. Intenté ayudar a soltar los botes salvavidas. Todo mucho más complicado con un bebé. Resultado, uno atado se fue al fondo del mar el otro quedó boca abajo. Casi no quedaba nada de embarcación por encima del agua. Primera decisión de manuales de supervivencia. «Saltar al agua antes de que el barco te succione hasta el fondo».

El vasco intentaba poner orden para dar la vuelta al bote, achicar agua y poder usarlo. Imposible. La gente estaba muy nerviosa y sólo consiguieron enviar ese bote al fondo del océano por puro egoísmo, nerviosismo y mal entendido instinto de supervivencia. Mientras tanto el bebé se esforzaba en intentar ahogarme y buscar a su madre. El barco cuando se fue al fondo nos dio unos segundo de luz antes de que sus focos se apagaran para siempre. Ningún chaleco salvavidas a la vista. Ningún bote. ¿Qué decir? sin riesgo no hay gloria. Así que entre la marejada, la gente, los restos del barco, los restos de la carga y cuerpos que tocaban mis piernas que quise pensar que eran sacos de harina acabé cogido a un cuerpo de fibra de carbono que podría haber sido una puerta del barco.

No era el único polizón de ese mal llamado salvavidas. Una madre y una hija de unos 14 intentaron salvarse usándolo. Viendo tan precaria embarcación decidí ir a buscar mejor acomodo para mí y para el bebé. Ahí cometí un segundo error del que aún me arrepiento.

─» Señor, no nos deje solas, no se vaya.»

Venga, no sólo tengo que cuidar a un bebé sino que tengo que hacerlo con dos personas que posiblemente no sepan nadar en un habitáculo de flotabilidad precaria. En cualquier caso las luces de la costa estaban a escasos kilómetros, la voz de alarma estaba dada y sería cuestión de minutos que los pescadores, haciendo caso de una antigua tradición marinera de solidaridad, nos sacaran del agua y tuviera una historia que contar.

En no más de media hora vimos  un barco acercarse a toda velocidad. Todos gritamos de alegría aunque no teníamos luces para indicar la posición. Estábamos seguros que habían visto el barco irse a pique y que tenían la posición más o menos localizada. El barco siguió su curso sin disminuir la velocidad. Grité:

─»¿El SOS? No nos están buscando.»

─»Yo lo he dado pero no sé si me han oído.»

Dentro de la naturaleza cobarde de este pueblo está la de evadir la responsabilidad aunque eso nos pudiera causar la muerte a todos. Saqué mi móvil. No encendió tras media hora en el agua. No pude dar el aviso que podría haber dado según nos fuímos a pique. La suerte estaba echada. Noche cerrada, tormenta, no iba a haber más barcos hasta por la mañana. Odié al niño, odié a la madre, odié al capitán, odié al marinero,… no pintaba nada ahí me sentía con fuerzas de salvar los kilómetros hasta la costa pero no. Dos putas malas decisiones me condenaban y era consciente de ello.

Relámpagos y truenos asolaban el horizonte. Aprendí a saber el tiempo que pasaban entre ver la luz y que una ola enorme nos zarándease. El bebé se empeñó en el suicidio. No podía hacer nada. Si quería irse al fondo del océano respeté su decisión.  Sin saber muy bien como alguno de mis brazos siempre lo encontraba debajo del agua y acababa encima de nuestro precario flotador. No era ni media noche y mi estamina estaba llegando a 0. La verdad que la esperanza es para los creyentes y yo no creo nada.

La madre, asustada, temiendo por su vida y sobre todo la de su hija me dijo unas palabras que me sonaron egoístas y terribles:

─»Señor, suelte al niño. Va a morir. Sálvese usted.»

En el momento yo sentí que era fruto de la naturaleza cobarde de esta sociedad y del espíritu de supervivencia. Ahora con perspectiva sé que hubiese sido la solución correcta como el que coge fuerte el volante y atropella a un perro. Es una decisión difícil pero correcta. Lamentablemente mi educación y mi espíritu me lo impidieron. En mi cabeza: «¿Qué prefiero? ¿morir o dejar morir al niño? Creo que prefiero morir a tener que pensar que no pude salvar al niño». Vaya puta respuesta de mierda la verdad, lo más probable es que muramos los dos y que encima nadie se entere de lo estúpido que soy.

Así que esa era la perspectiva, esperar hasta el amanecer y sobrevivir en la inmensidad del océano. Mi cabeza acudió a todos esos manuales de supervivencia que engullí cuando era boy scout. Mar abierto, tiempo hasta la hipotermia, … vale era tontería. No vamos a salir de ahí ni yo ni nadie. Yo quemé mis posibilidades eligiendo ayudar en vez de elegir la opción correcta de coger un buen flotador y llegar a la costa. Me sentí muy estúpido la verdad. En realidad digo que elegí pero no es cierto. En cuanto todos rechazaron coger al bebé yo estaba condenado por mucho que mi cabeza diga que lo cogí por que quise no es así. Durante las horas que iban pasando imaginé e imaginé otras posibilidades y siempre cogía al puto bebé aún sabiendo que iba a morir. Tontos son los que hacen tonterías.

Con los pies fui intentado buscar elementos que nos dieran más flotabilidad. Ventajas de llenar un barco hasta los topes. Fui metiendo unas boyas que acabaron debajo de la madre, botellas de agua, palos,… al final siempre había una ola que destrozaba el invento. Había mochilas y botellas de dos litros de coca cola y agua. Solución fácil. Vaciar las botellas meterlas en la mochila, ponerse en la mochila y flotar a la espera de un milagro. Intenté que me ayudaran en el cometido pero estaba claro que mi estúpida decisión era algo que debía asumir yo solo. Me metí las botellas debajo de la ropa. Eso me dio cierto margen de maniobra. La mujer rechazó mi solución. Ella optó por guardar fuerzas y una posición. Al principio pensé mal de ella. Con el paso de las horas creo que juzgué mal a una mujer valiente a la que su fe le dio esperanzas y su amor de madre consiguió mantener  a flote a una niña que no podría haber sobrevivido en el mar.

Al principio todos los náufragos estábamos juntos. Eso duró poco las corrientes son fuertes en el mayor océano del mundo y la tormenta no dio tregua. Yo gritaba por el bebé y para saber dónde estaban los demás. El capitán y un pequeño grupo habían conseguido hacer un círculo de seguridad aprovechando las neveras blancas de polietileno expandido. 

─»¡Hay un bebé, hay un bebé!» gritando buscando ayuda y un egoísta reconocimiento de mi estúpida decisión.

─»¿Le ayudo?» se ofreció el capitán

─»Por favor».

De ahí grillos. Ese capitán cobarde no sólo no nos ayudó. Yo quería deshacerme del niño e intentar llegar a la orilla. Sino que nos alejó de su seguridad porque la madre le golpeaba con las piernas. Luego comprendí que él sabía que hasta el amanecer no llegaría nadie y que las mareas nos llevarían a contracorriente durante horas. El capitán lo sabía y eligió aumentar sus posibilidades de supervivencia.

Si os soy sincero ni me importó cuando acabamos solos y las corrientes nos metían mar adentro. No soy una persona mística pero las posibilidades que acabara en ese barco eran más que remotas. No planeé ir al Pacífico, no planeé ir a Nuquí y mucho menos coger una embarcación de ese tipo. Algo más allá de mi conocimiento quería que yo estuviera allí. ¿Puede haber un final más épico para un viaje que morir en un naufragio salvando la vida de un niño? Soy un puto cuenta cuentos si salía de esta iba a tener una historia épica.

Lamentablemente las historias épicas sólo acaban bien en las películas y eso porque empatizamos con los elfos y no con los millones de orcos que mueren en las batallas. Sobre las dos de la mañana una ola se llevó el cuerpo inerte del niño. La verdad que no tenía fuerzas ni para recuperar el cuerpo y sentí que había hecho lo humana y no humanamente posible, mi conciencia estaba tranquila. La vida está para intentarlo y el fracaso es parte del aprendizaje. Decisión correcta. Salir, salvarse uno mismo, asegurar el móvil, soltar los botes salvavidas y dar la voz de alarma. Resultado: muchos más supervivientes rescate temprano.

Es muy listo el que ya lo ha visto y a posteriori es muy fácil hablar. Como ya os he dicho mi estado era de absoluta calma y había tenido mucho tiempo para pensar mecido por las olas así que solté a la madre y a la niña y fui a recoger el cuerpo del niño. Hay veces que intentarlo y fracasar no es suficiente. Así que en la oscuridad conseguí agarrar su cuerpo inerte iluminado por el resplandor de la tormenta volver a subirlo a la barca, abofetearlo y no os diré que hice un boca a boca porque fue más soplar la cara de un niño muerto. Empezó a toser y ni lloró. El cansancio podía con él.

El mar nos do cierta tregua de madrugada. Llegamos a un acuerdo de mínimos con la niña encima de la fibra de carbono. La madre con las boyas en las piernas sujetada a ella y yo sujetando al niño y debajo del agua sujetando un gran bote de 25 litros para dar flotabilidad a la precaria embarcación. Mientras el mar estuvo tranquilo la niña acomodó al bebé y yo metí la cabeza en el agua y medité. Los calambres destrozaban mi cuerpo. La mayoría provenía de los músculos pero no podía dejar de pensar que estar en el mar en una tormenta eléctrica era sólo un chiste más dentro de la serie de acontecimientos improbables del día.

Intenté relajarme. Eso hacía que pareciese que me dejaba ir. La chica, me agarraba, entonces tenía que salir de mi letargo y volver a la realidad. Para mantener el ánimo intenté contar chistes, cantar,… preguntar chorradas. Sólo puedo destacar que canté las mañanitas del Rey David para que el niño no sucumbiera al sueño y a la hipotermia. También le abofeteé y le presioné el estómago para que vomitase. La niña temblaba y yo intenté calentarla y aprovecharme de su calor. A pesar del esfuerzo estaba muerto de frío. Quedaban muchas horas para el amanecer y entonces la tormenta remitió. Yo siento que  hice todo lo que pude por ese bebé pero no tenía ni los conocimientos ni la entereza para darle lo que él necesitaba. Sus ganas de vivir lo mantuvieron momentáneamente con vida vomitando agua de mar y descansando a pesar de las temperaturas y las olas.

Vimos luces, vimos un barco… por fin nos estaban buscando. Era cuestión de tiempo. Gritos. Gozo. Luces por todos lados. Iba a tener una historia que contar. EL barco era un crucero grande  la distancia. Poco probable que nos pudiera ver. ¿El resto de luces? El tiempo y la reflexión me hizo ver que la corriente nos había arrastrado a la bahía de Buenaventura y habíamos estado gritando a faros que estaban a decenas de kilómetros, energía malgastada. Ahí decidí propulsar nuestra precaria embarcación hacia las luces de lo que parecía una plataforma petrolífera. En mi cabeza era imposible que el bebé y posiblemente los demás sobreviviéramos toda la noche. La madre se opuso, dijo que estaba muy lejos y que sin mí el bebé (seguro que pensaba en ellas) no podrían sobrevivir. Decidí no hacerla caso al fin y al cabo ella solo tenía que flotar y no molestar y yo haría el esfuerzo. 

Con el cambio de estrategia el bote de 25L se soltó, la fibra se hundió y casi mato a todos. Recuperé el bote, recuperamos la posición y me encomendé a la única solución que había habido toda la noche. Esperar y sobrevivir a las luces del amanecer. Ahí me sumergí en el agua y reflexioné. Pensé en muchas cosas, en lo que no he dicho a la gente, en las chicas a las que fallé, en las chicas que nunca fueron mis chicas, en quiénes son mis amigos, en quién soy yo, en que mi viaje se había acabado y que me había llevado allí porque era el destino. En que salvar la vida a un niño con tanta épica era lo máximo que un ser humano puede aspirar. En que un viaje en el que todo sale bien no se puede aprender nada. En que mi viaje era de antes y después y ahí estaba la meta. Sólo hacía falta sobrevivir.

Con la cabeza sumergida debajo del agua pude oír a las ballenas. Me las imaginaba ayudándonos. Buscando ayuda. Pensé el pakistaní que sobrevivió 16 horas en una plancha de madera. Pensé en lo que te quise decir y nunca de te dije.

Mientras pensaba, el horizonte se tiñó de colores cálidos. El amanecer estaba allí. Mil y un milagros habían sucedido. Repetí lo que había gritado toda la noche.

─»Cuatro hemos entrado, cuatro hemos salido».

Ahí apareció ella, una ballena en la superficie. Mirándonos, yo sabía que ella nos había ayudado. La veía sonriendo y la felicidad me invadió. Tarde un tiempo en que mi mente se adaptara y que la chica me convenciera que era un tronco, simplemente alucinaba.

Serían aún las 5 de la mañana. El mar estuvo relativamente en calma hasta que los primeros barcos salieron a faenar. La mujer sólo daba gracias a su dios por habernos sacado de allí. Según rezaba la tormenta se iba encabritando y mar se tornó gris y violento. Vimos muchos barcos pasar a unos centenares de metros de nosotros. El chiste máximo parecía llegar. Nadie nos veía, nadie parecía ver los resto del naufragio. Una ira inmensa me invadió. Estábamos solos. Si quieres que alguien te eche una mano siempre encontrarás una al final de tu brazo. Así que decidí acercarnos a la costa y hacer que fuera imposible que no nos vieran. Las olas empezaron a ser enormes y estar a flote en la embarcación volvió a ser muy muy difícil. Yo sólo pensaba que todo era una broma de mal gusto y perdimos mucha energía intentado que nos vieran. 

Mi cabeza me decía que era una buena idea. La realidad se hizo ver. No podía mover al grupo a ningún sitio y aunque lo moviera eso no aseguraba que una embarcación pasara justo por allí. Impotencia y realidad, una cosa eran mi impresión de mis fuerzas y posibilidades y otra la triste verdad que lo único que había hecho era flotar y ayudar a los otros a hacerlo.

Mi odio y desesperación crecieron con el día y la luz. Muchos barcos pasaron de largo hasta que a las 6.30 tres barco de la Armada se pusieron en fila. Por fin nos estaban buscando. No sabía si el bebé seguía con vida pero al menos era cuestión de tiempo salir y poder contarlo. La incompetencia de la Armada está a la altura de su corrupción. Cuando las lanchas rápidas se acercaron a toda velocidad casi nos pasan por encima. Cuando nos vieron las olas hicieron que todos se fueran al agua. Casi les matan.

El tipo me (nos) tira un salvavidas. Yo, sin dejar de insultarle, le digo que llevo diez horas flotando no necesito flotar sino salir. Al final tiran un flotador con una cuerda. El mar está muy bravo. Ven que tenemos un bebé pero ninguno de esos militares fuertotes se tira al agua. Con la cuerda consigo poner a todos cerca del barco. Intentan sacar al bebé pero es la niña quién está en su lado.

─»El bebé, el bebe» gritan desde la barca

─»Saca a la puta niña, hijo de puta». Les grito con desesperación

La barca nos golpeaba y la madre perdió la mano, el bebé volvió a ir al agua. Su incompetencia casi nos mata otra vez de todas las veces que morimos esa noche. Al final conseguí sacar al bebé del agua y acercar a la madre a la embarcación. Me querían sacar antes que a ella. ¡Qué tíos! Cuando me tocó mi turno me dijeron que saliera.

─»no puedo, no me quedan fuerzas». Lacónica respuesta henchido de felicidad.

Hasta aquí podría ser el final feliz de la historia pero esta historia no puede acabar así. Era increíble lo que nos había sucedido. Los militares decidieron seguir buscando supervivientes. Yo en mi infinita ira les dije de una manera pausada y muy amenazante:

─»He mantenido  a ese bebé vivo durante diez horas en el océano si muere ten por seguro que te mato».

Mi ira me hizo muy valiente frente a hombre armados, otra decisión de todas las estúpidas que hice durante esa noche. Llamaron a la central y nos dirigimos a puerto no sin antes recoger el salvavidas del mar. Yo me senté y empecé a llorar.

Voy a dejar la historia aquí.

Sólo deciros que el niño se recuperó y que sobrevivimos 17 de 21-22.

Creo que voy a cerrar el relato aquí aunque tiene segunda parte pero no es tan importante.

Sinceramente creo que sólo volveré a estar tan cerca de la muerte una sola vez más en mi vida. Lo que queráis saber de mí estaré en Burgos con mi número español +346XXXXXXXX en un futuro próximo. Sentiros (sentid-os) invitados a hacerme una visita. Ahora sólo me queda reflexionar y digerir lo sucedido. Seguiré con mi blog así que estad atentos. Como no tengo mis grupos del teléfono belga podéis hacer llegar la noticia en el grupo de la Mítica, del fútbol de Carajis con un copy paste me ahorraréis cierto esfuerzo

Alguno recibirá noticias mías en cuanto pueda porque está entre la gente en la que pensé cuando pensaba que iba a morir.

Os aseguro que mis palabras no están a la altura de lo que allí sucedió. Espero que lo sucedido me ayude a quererme a mí mismo. Quién sabe puede que me dé para escribir un libro de autoayuda, hacer una presentación de FuckUp Nights o al menos tener una historia que contar delante de un whisky pagado en un bar del puerto. Ahora toca reflexión.

El «incidente» en los medios colombianos
El «incidente» en los medios colombianos

7 comentarios sobre “El «Incidente»: versión WhatsApp

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s