El «Incidente»: versión del Diario de Burgos

Introducción

«¿Y si mi futuro está en ser periodista No lo sé, no sé qué me deparará el futuro, pero la consciencia es un arma de doble filo. Empecé el viaje con muchas ilusiones y en busca de muchas respuestas. Grandes metas suelen llevar a sonoras frustraciones.

Intentarlo es el primer paso para el fracaso

Homer Simpson

A medida que mis zapatillas iban quemando millas, iba evaluando como mente inquieta y alma sedienta de experiencias, qué profesiones podrían ser aptas para mí. «¿Guía de viajes Era una buena opción, no ganas mucho, pero vas a gastos pagados. Visitas sitios, tratas con gente diferente. Sin embargo, cuando vaya al infierno tengo un puesto reservado en su Audiencia Nacional. Voy siempre mucho más allá de ser el abogado del diablo y me pregunto a mí mismo: «¿te pasarías la vida enseñando los mismos sitios a turistas que en su mayoría son unos impresentables? ¿Estás dispuesto a pasar el 80% del tiempo fuera de casa?» No parecía la mejor opción para alguien que huía de la sensación de desarraigo que da la emigración y que buscaba un sitio al que llamar hogar.

También intenté ser uno de esos nómadas digitales y publicar contenido en revistas de viajes, algo así como mi blog, pero cobrando. Los que habéis seguido esta página sabéis que no tuve éxito.

El «incidente», no obstante, dio a todo una sensación de inmediatez y emergencia. De la noche a la mañana el destino me había dado una bofetada para despertar de ese absurdo sueño. «Idiota, ahí no están las respuestas que estás buscando», parecía decirme con voz autoritaria. Las millas, los kilómetros, la gente, los paisajes … nada de eso iba a ser capaz de darme la solución a un enigma que siempre ha estado dentro de mí. Dicen que el secreto de la felicidad está en los demás, yo discrepo, buscar la felicidad a través de los demás es un error, desde mi punto de vista, claro está. Para poder ser querido debes empezar a quererte a ti mismo. Así que el viaje exterior debía cambiar a una introspección y a un viaje interior para poder desenredar esa madeja de hilos que me llevará a encontrar la paz interior y el equilibrio.

Casi un año después sigo desenredando esos hilos, a través de preguntas que muchos otros ya se hicieron: «¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?» Busco respuestas que muchos otros ya escribieron. El propio Marco Aurelio sentenció: «no seremos recordados». El hecho de que yo pueda citar sus palabras es un claro ejemplo de que se equivoca. El secreto de la felicidad es como la fórmula de la Coca-Cola, aunque creas que es única, no lo es, se adapta allí dónde va y depende del momento, del lugar y sobre todo de la persona. Las personas son como ríos, pueden parecer lo mismo, pero si prestas atención están cambiando continuamente. Lo que hacía feliz al Iván del pasado puede que lo haga infeliz en estos momentos. Es estúpido buscar fórmulas infalibles de la felicidad como si fuese ingeniería, aunque podemos tratar de hacerlo. Yo lo hago, tú lo haces y la humanidad lo lleva haciendo miles de años, desde que el hombre es hombre y busca respuestas. Debemos reflexionar sobre la infantilización de la sociedad y la eliminación de la filosofía del temario académico, supongo que piensan que las respuestas están en YouTube. Yo sé que no, y no necesito estar al borde de la muerte para darme cuenta de ello.

Empezaba la introducción con una pregunta. Al volver, Patri, me contestaba: «nunca es tarde». Os dejo a continuación el artículo que Gadea escribió sobre mi experiencia en el periódico. Esta es la segunda versión del «incidente».

La versión del Diario de Burgos

SOCIEDAD

Diez horas de naufragio

G.G.U.

 – martes, 6 de agosto de 2019

El burgalés Iván Santamaría pasó la noche del 4 de julio flotando en el Pacífico, frente a las costas de Colombia, con un bebé de un año a su cargo. Una plancha de fibra de carbono fue su salvavidas. En el suceso murieron 5 personas

Diez horas de naufragio – Foto: Alberto Rodrigo

Hoy hace un mes que Iván Santamaría, ingeniero informático burgalés de 34 años, compró el billete de Bogotá a Madrid que puso punto final a su propósito de dar la vuelta al mundo. El viaje comenzó en enero con un robo en Bariloche (Argentina) y terminó con un naufragio en Buenaventura (Colombia), lo cual le hizo llegar a la conclusión de que «hay cosas más importantes en la vida. El objetivo era aprender y, al final, te das cuenta de que de esta manera lo único que haces es ver sitios y retrasar lo inevitable, que es volver a la vida real». En su caso, eso implicaba procesar el fin de una relación y la búsqueda de un nuevo trabajo para retomar su día a día en el punto en el que lo dejó, como consultor para la Comisión Europea afincado en Bruselas. Ahí comienza el relato que termina con una noche flotando en el Pacífico, con un bebé a su cargo y con una mujer y su hija adolescente aferradas a la misma tabla de salvación. Diecisiete personas sobrevivieron, pero cinco murieron «por pura negligencia».
Santamaría explica que llevaba años trabajando para la dirección general de Competencia de la Comisión Europea cuando, junto a su pareja, decidió hacer un paréntesis para recorrer el mundo. Al poco de empezar, ella aceptó un empleo en un cuerpo diplomático y Santamaría siguió solo con el itinerario previsto: Argentina, sur de Uruguay, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Panamá, parte de Estados Unidos, Vietnam, sudeste asiático y, hacia octubre o noviembre de este año, Europa otra vez. Salvando imprevistos como el robo en Bariloche o un atraco en Cali, las cosas iban según lo esperado; su único pesar era que iba a abandonar América del Sur sin haber visto ballenas y algún «imperdible». Así que a última hora se animó a seguir a Nuquí a un compañero de fatigas del País Vasco al que había conocido en la travesía. El cambio de plan conllevaba un viaje de 22 horas en barco siguiendo el litoral colombiano desde Buenaventura «para poder ver la costa del Pacífico y alguna ballena».
Pero cuando llegaron al puerto el 4 de julio, su barco le dio «mala espina» porque «parecía una lata de sardinas» que, sin embargo, no dejaban de cargar. «Salió casi con una hora de retraso (19.00 horas) y seguían echando cosas. En cuanto soltaron amarras, se inclinó hacia delante», dice, recordando que otro pasajero comentó que eso iba a obligar a navegar más despacio. «Después supe que nunca tendríamos que haber salido porque hay que zarpar con marea alta y ya íbamos fuera de tiempo», asevera.
A la sobrecarga siguió otro «error» que le indigna aún más. «Antes de abandonar la bahía de Buenaventura nos paró la Armada, porque, al parecer, la embarcación iba por debajo de la línea de flotación». Así que, cuando -para su alivio- ya creía que los iban a mandar de nuevo al puerto, comprobó que les dejaron seguir. Fue la segunda negligencia y, a partir de ahí, los acontecimientos se precipitaron.
Santamaría recuerda ahora que se «acomodó» en su litera y se puso música, pero en cuestión de minutos notó que los motores habían parado y que no había luz. «Abrí los ojos y estaba en vertical», dice, recordando que lo primero que hizo fue coger el pasaporte y metérselo en los calzoncillos para, de inmediato, tratar de poner la funda sumergible al móvil y salir. Ya no había duda de que se hundían, pero explica que él estaba tranquilo porque «se veía la costa» y siempre creyó que, en caso de no llegar nadando, el rescate sería cuestión de minutos. «Era increíble lo tranquilo que estaba», recuerda ahora, con una media sonrisa.
No oculta que en todo momento pensó en ir por su cuenta para garantizarse la supervivencia, pero en el barco viajaban menores y, en plena huida, una mujer con un niño de 5 años imploró que alguien se encargara de su bebé de un año, Caleb. Nadie contestó, así que Santamaría se vio obligado a ofrecerse mientras trataba de ayudar a soltar los dos botes salvavidas: uno quedó atado y el otro boca abajo. De los chalecos no había ni rastro, así que saltó al agua con el crío antes de que el barco los succionara mientras se hundía.
sin aviso. En esos instantes pudo agarrar una placa de «fibra de carbono» que, cree, fue una puerta del barco y se agarró como pudo. Una decisión que también tomaron una mujer, Ana Elsa, y su hija de 14 años, Hillary Tiffany. Ellas por un lado y Santamaría con el niño por el otro; los dos adultos sujetando la tabla con el cuerpo bajo el agua y solo la cabeza fuera. «Ana Elsa vio claro desde el principio que era cuestión de aguantar, se colocó tras su hija y así se quedó», recuerda el burgalés, que dedicó los primeros momentos a tratar de recuperar objetos flotantes con las piernas y a evitar que el pequeño se sumergiera. «Ese niño resistió porque quería vivir, lo único que yo hice fue mantenerlo fuera del agua», recuerda, admitiendo que él estaba en una posición que le permitía flotar con las olas, pero que a los otros tres la marea les daba de cara, por lo que tragaron mucha agua con petróleo.
«Se suponía que, según nos hundíamos, habían dado el aviso y siempre creí que iban a venir a por nosotros», explica el burgalés, que empezó a sospechar que nadie sabía nada de ellos cuando vieron a dos o tres barcos pasar de largo. Ahí empezó a convencerse de que la cosa iba para largo y, una vez que las aguas amainaron, pudo colocar al bebé sobre la tabla, para que lo calentara la adolescente. «Yo me dediqué a flotar. Y me acordé de las clases de meditación que nos daban en la Comisión, lo cual me ayudó mucho, porque era cuestión de cabeza», comenta.
Hacia las 06.30 horas constataron que, por fin, los estaban buscando y toda la ira acumulada explotó. «Se acercaron en unas lanchas a toda velocidad y casi nos pasan por encima», rememora, indignado por la ausencia inicial de iniciativa de «aquellos militares fuertotes, que se limitaron a tirarnos una cuerda», que cogieron para ponerse a salvo. A las 08.30 horas estaban en el hospital y supieron que, tanto la madre como el hermano de Caleb también habían sobrevivido. «Estaba agotado, pero tranquilo porque salvé el pasaporte, la cartera con las tarjetas y, sobre todo, porque hubiera preferido morir a pensar que no pude salvar al niño», asegura, convencido de que su naufragio fue suficiente aprendizaje y que ahora toca vivir. Sin más.

¿Por qué salir en el periódico?

Mientras disminuía mis opciones de salir vivo de aquel naufragio, tomando la decisión que o salíamos todos o no merecía la pena salir, me dije a mí mismo: «tienes que sacar provecho de esto». No sacar tajada de un modo filosófico y altruista, no. La idea de ser un héroe era agradable mientras luchaba contra la hipotermia y no morir ahogado. Es un pensamiento triste, lo sé. Ya hablaremos sobre los motivos equivocados en otra entrada.

En un mundo romántico, una periodista joven hubiera descubierto mi historia. Hubiera usado sus contactos para conseguir citarse conmigo en una cafetería y mediante el arte de la palabra hablada y escrita haber conseguido difundir mi traumática experiencia. No os hagáis ilusiones, no fue así. Yo contacté con el Diario de Burgos, en verano, cuando la mitad de la ciudad y la redacción está fuera de vacaciones, cuando casi no hay historias que contar. Aún así, tardaron más de dos semanas en publicarlo. Me imagino que guardaron el artículo para rellenar un día que no hubiese nada más que contar, por ejemplo, un martes 6 de agosto.

No entendáis esto como una crítica, a pesar de las incorrecciones y de entrecomillar frases mías que dudo mucho haber dicho. Gadea me dio la oportunidad de comunicar mi historia sin la necesidad de repetir una y otra vez lo mismo. Desde aquí envío mi agradecimiento (que menos al haber copiado su artículo de manera verbatim en mi blog).

Otra opción de cambiar de profesión es la de transformarme a mí miso en un gurú o en un vendehúmos de esos de los que tanto detesto. Para ello sólo necesito creerme mi historia, contarla con teatralidad e intentar inspirar a mi audiencia, y lo que es mucho más importante para poder pagar el alquiler, que me paguen por ello. Escribir el libro puede ser un buen proceso para poder creerme que puedo ayudar a los demás.

Sin embargo, esta no es la razón por la que decidí dar publicidad a mi historia. El «incidente» me ha enseñado muchas cosas, una de ellas es que los actos deben estar motivados por las razones justas. Quise salir en el periódico para liberar del dolor a unos padres asustados, a unos padres que estuvieron muy cerca de perder a un hijo. Las caras de sufrimiento que pusieron no se me borrarán nunca, pero espero poder compensarlo cuando miren la portada del periódico y recuerden que pueden estar orgullosos de su hijo. Creo que no hay motivo más honesto que hacer feliz a unos padres.

El padre de Caleb está feliz de que mis padres me educaran como soy

Epílogo

Ahora os pregunto a vosotros, en estos días de profesiones esenciales, de personal imprescindible: «¿Quiénes sois? ¿Qué queréis hacer? Y, sobre todo, de manera egoísta ¿es muy tarde para que yo me transforme en periodista?» Al fin y al cabo he entrecomillado a Marco Aurelio y ninguno se ha dado cuenta de que esa frase en realidad no es suya.

Un comentario sobre “El «Incidente»: versión del Diario de Burgos

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s