El síndrome del reportero de guerra

Fotorreportaje

La profesión de reportero de guerra tiene un halo de romanticismo, no obstante, es dura, peligrosa y sobre todo deshumanizante. La persona humana se oculta tras una serie de lentes y espejos que lo separan de la realidad. Evadirse del niño hambriento rodeado por los buitres o del soldado que recoge sus intestinos que salen de su vientre mediante un teleobjetivo. Alejarse de la realidad mediante el filtro mágico de la cámara. Es como ver la vida a través de una pantalla, una vida que no es la tuya, no eres tú quién viola la intimidad de la gente contando historias o tomando fotos. Es como si nunca hubieses estado allí, como si fueses el narrador de un cuento sin un final feliz. Todos tus prejuicios se quedaron en el día que embarcaste en el avión y te transformaste de persona a reportero.

El enfermo

Yo no he sido reportero de guerra. No soy como el buen hombre y mejor español de Pérez-Reverte. Soy sólo un tipo que decidió dejarlo todo y dar la vuelta al mundo. Ser turista es muy fácil, sólo necesitas tiempo y dinero, como para casi todo en esta vida. Ser viajero es algo muy diferente, al menos eso dicen, ¡qué sabré yo!

Arte urbano en Cali (Colombia)

Seguramente nunca he sido un viajero. Decidí hacer este blog, a modo de ejercicio, como si fuese un cuaderno de Rubio. Es normal, me he pasado toda mi vida estudiando, preparándome para una reválida que parece no llegar nunca, llena de parciales que no sé si he ido superando, no es de extrañar que me pusiese tarea para irme de vacaciones. Al fin y al cabo, dejarlo todo para irse de vacaciones parece un poco frívolo, pero cerrar la empresa, dejar un trabajo en la Comisión Europea y abandonar un país tiene más sentido si ese viaje es de «antes y después», y para saber si ha merecido la pena, hay que documentarlo ¿no? Un principio básico del concepto de calidad son los indicadores. Si no puedes medirlo, no existe.

No es la primera que hago un ejercicio de este tipo. Observar la vida desde los ojos del narrador, buscando los detalles. Sacando ese jugo que aquel que pasa de puntillas por una efímera existencia no es capaz de apreciar. El dios de las cosas pequeñas te dice que el diablo se esconde en los detalles y toda acción tiene su reacción. Aquello que parecía una idea excelente se puede convertir en una pesadilla por una implementación incorrecta.

El blog

Dar más importancia al blog que al viaje en sí mismo era una preocupación, que obviamente, he superado. Ha pasado casi un año y he sido incapaz de terminar y cerrarlo, y como consecuencia de escribir ese libro catártico de autoayuda que a día de hoy parece más una quimera que una meta realista. Sin embargo, el síndrome del reportero de guerra me afectó.

En esa parte del viaje, huyendo ya hacia tierras asiáticas de un continente que no le había sido favorable lo descubrí. Lo hice de una manera fea, peligrosa, yo diría que incluso temeraria.

El catalizador

Circulaba de manera poco precavida, cerca del hostal, en uno de esos barrios preparados para turistas. El Barrio San Antonio puede que, fuera de las urbanizaciones cerradas con seguridad privada, sea de los sitios más seguros de una ciudad peligrosa como Cali en Colombia. Patrullas ciudadanas vigilan el perímetro armados con machetes para evitar que individuos indeseables entren en el mismo.

Calle de La Escopeta en Cali (Colombia) – no tengo foto de la Carrera 4

Esto me había creado una falsa sensación de seguridad y, aunque un sexto sentido me advirtió de la situación, fui incapaz de evitar un asalto a plena luz del día. Fue más una sensación que detectar un peligro real. Mi look no era nada profiláctico, gorra, gafas del sol y pantalones cortos. Un turista más en un continente peligroso. Yo iba andando un domingo a mediodía por la Carrera 4, a mi derecha un pequeño muro, a mi derecha el tráfico. Cientos de coches circulando, incluyendo patrullas de policía, no lo sabía aún, pero estaba a un centenar de metros de una estación de policía. Una pareja me llamó la atención, sí, por no ser como yo, por no ser unos guiris más en ese barrio, a decir verdad, eran los únicos transeúntes. Yo me aparté hacia el lado de la pared, por eso de que se circula por la derecha. En un momento sorpresivo el chico se abalanzó sobre mí. Eso me sorprendió, al principio lo tomé por un alcohólico, hasta que me espetó:

─Marica, el celular, dame tu celular─ con ese tono apremiante del que sabe que su autoridad sólo reside en provocar miedo.

La situación era un poco patética, un atraco a plena luz del día, en un barrio supuestamente seguro con decenas de testigos, dos jóvenes, posiblemente con algún tipo de adicción, y allí estaba yo, ajeno a la realidad. Primero pensando en salvar el móvil y segundo pensando en contarlo. No consiguió sacar mi móvil del bolsillo al despiste por eso intentó usar la fuerza. Yo, si hubiese sido más consciente de la situación seguramente le hubiese entregado el móvil sin resistencia. Sin embargo, puede que debido a ese distanciamiento mi reacción no fue esa. Eso provocó que la chica sacase una navaja. Era un arma de reducidas dimensiones, seguramente para poder excusarse delante de la policía. Su intención no era usarla. Mi estupefacción me bloqueó. Como si fuese una liebre sorprendida por los focos de un coche. Un acera estrecha, una distancia reducida los agresores armados y yo. Esas tablas injustas fueron rotas por el varón.

─Si tocas a mi mujer te mato, marica─ me amenazó.

La suerte, el azar o puede que una deuda de equilibrio cósmico hizo que en el forcejeo mantuviese una posición favorable para la huida, hay veces que la suerte me sonríe incluso a mí. En esos momentos de confusión, cuando el universo parece detenerse y los segundos se alargan a minutos u horas, las decisiones pueden ser acertadas o equivocadas, pero se toman por instinto, la mente racional es superada por los instintos atávicos de supervivencia. Así que empecé a correr, sin mirar atrás, bueno sí, tras un par de centenares de metros pensé en sacar el móvil y obtener una foto, un documento gráfico para dar más fuerza a la entrada que iba a escribir en el blog.

El diagnóstico

Ese fue el momento exacto que la mente racional tomó el relevo sabiéndose presa de ese síndrome del reportero de guerra. Estaba viendo mi vida a través de un prisma distorsionador, como si fuese un personaje de una serie de televisión el personaje principal de mil y una historias que en realidad, a nadie importan. Comprobé que estaba seguro, que no me seguían, no llegué a tomar esa foto de la vergüenza y no paré de correr hasta llegar al hostal donde el vasco me esperaba, como tabla de salvación. Una cara amiga dentro de tanto desconcierto.

Con esa pena en la cabeza, la de la distorsión viví mis últimos días del viaje. Aceptando mi enfermedad como aquellos que acuden a las sesiones de Alcohólicos Anónimos presentándose: «Hola, soy Iván y estoy enfermo».

El tratamiento

Para poder volver a la realidad y por respeto a los individuos, de repente dejé de tomar fotos, dejé de documentar la intimidad de otros intentando evitar sacar el móvil para registrar el folclore y la cultura local. Mientras viajas puedes transformar a personas en animales de zoo, eso ¿en qué te convierte a ti?

La razón por la que el Karol Tatiana está tan poco documentado

Aquí tenéis la razón por la que no documenté al milímetro un barco cargado hasta en los pasillos, ni la inclinación de este, ni a los Marina de aduanas, porque me dije «esto debe de ser normal», me decía a mí mismo que ellos también eran personas, que no me comportase como un turista, sino como un viajero, y un viajero toma las cosas como vienen, aunque eso incluya ahogarse en el mar. En la vida real la gente muere, en algunos países los accidentes son frecuentes. Los riesgos existen, si tomas la decisión de afrontarlos las consecuencias pueden ser experiencias extraordinarias, para bien o para mal. Tan cierto como que todos los hombres mueren es que muchos lo hacen sin haber vivido antes. Vive tu vida de manera que si la muerte te sorprende tengas la oportunidad de mirar atrás y decir: «valió la pena».

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