Relato de un naufragio

La historia del Maestro

Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre.

Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez

Los hechos

En 1955 el destructor «Caldas» de la Armada colombiana perdió 8 miembros de su tripulación en una fuerte tormenta en el mar Caribe. El destructor llegó a Cartagena de Indias dos horas después de la tragedia. A todos los desaparecidos se los dio por muertos. La búsqueda de supervivientes, según la versión oficial, duró 4 días sin resultados. Sin embargo, en náufrago Luis Alejandro Velasco apareció una semana después en una playa desierta del norte de Colombia.

El relato

El Maestro Gabriel García Márquez, por aquel entonces, no era más que el redactor de planta de un diario de Bogotá llamado «El Espectador». El régimen dictatorial de Gustavo Rojas Pinilla exprimió al náufrago para su máquina de propaganda y los medios hicieron de él un juguete roto con campañas publicitarias.

El destructor A. R. C. Caldas

El redactor del periódico rechazó en un primer momento el ofrecimiento de Luis Alejandro Velasco de volver a contar su historia por dinero, ya apestaba a rancia incluso en una época dónde no existían ni Twitter ni los memes.  Sin embargo, una corazonada le hizo cambiar de opinión. Durante muchas sesiones Luis Alejandro fue contando los sucesos como él los recordaba y Gabo los iba apuntando como a él le pareció. Os podéis imaginar, los hechos no eran como los habían contado.


El Espectador publicó la historia en catorce entregas

Para dar credibilidad al asunto y enfatizar el valor humano, el relato fue publicado en primera persona como si fuese el marinero quién estuviese contando su historia sin la intervención del Premio Nobel.

El precio de la verdad

Yo no conocía este libro. Mi hermano me lo hizo llegar mucho después del «incidente». El libro es ameno y corto, sin embargo, a mí me resultó poco creíble y muchas de las situaciones las consideraría inverosímiles.

La inmensa tumba del Pacífico

En un tiempo anterior, que ya considero muy lejano, yo conté mi propia historia muchas veces. Por aquel entonces los recuerdos eran vívidos y podía relatar, con mis limitaciones, todos los detalles del suceso desde mi punto de vista. A pesar de ello, podía ver la mirada de algunos juzgándome. Yo, desde el pedestal que me otorgaba la experiencia cercana a la muerte, me apiadaba de ellos con sus resquemores e inseguridades no necesito su aprobación. No obstante, el hecho de relativizar todo con la muerte ya va desapareciendo de mi forma de ser. Contar esta historia con perspectiva y sacándola de un recuerdo que he bloqueado durante meses puede llegar a tergiversarla. Sin embargo, cuando la gente me venía a ver diciéndome que debió ser horrible, les decía: «no te lo imaginas». Ellos me aseguraban que habían leído el relato y que habían sentido miedo. Sin embargo, no hay manera que yo pueda transmitir con palabras la angustia de esos momentos, la desazón y el horror de ver lo peor del ser humano. Para mí los muertos son lo de menos y son los vivos los que me preocupan. Los hechos que se relatan en «Relato de un náufrago» del destrutor «Caldas» pueden parecer muy dispares con lo que sucedió en mi «incidente» del barco costanero «Karol Tatiana»:

  • Uno fue en el Caribe otro en el Pacífico
  • Él tenía una balsa nosotros estábamos a la deriva
  • Él estaba sólo nosotros en grupo
  • Su barco no se hundió el nuestro sí y muchas otras diferencias

Lamentablemente ambas historias convergen en todo lo malo. En la corrupción y falta de empatía de las autoridades colombianas que no ha mejorada en 50 años. En la avaricia de los marineros. En la reacción de la gente. En como la autoridad es rápida en tapar sus miserias sin ningún respeto a los muertos. En la confusión de la gente entre cinismo y estoicismo para nunca mover un dedo para que las cosas cambien o al menos que las desgracias no vuelvan a suceder.

Karol Tatiana

Volveré a contar mi historia, una vez más. Con la humildad del que conoce sus limitaciones y sabe que la verdad tiene muchas caras. Sin la destreza del Premio Nobel y sin la atención de un país esperando a leer el magazín como si fuese una revista del corazón. Lo contaré a mi manera, como la sienta, porque al fin y al cabo, nada de lo que haga o diga hará cambiar la mezquindad que anida en el ser humano. Mis objetivos son mucho humildes.

Si sois pacientes y constantes podréis leer mi última versión del «incidente».

Prólogo

La historia se contó en 14 episodios consecutivos en el diario «El Espectador». En primera persona como si el náufrago fuera quien escribía el texto y sin mencionar a Gabriel García Márquez. Años después, aunque GGC se arrepintiese, el libro se editó juntando los episodios y con un prólogo que puede ser incluso mejor que el texto. Os dejo el Prólogo y os invito a leer el libro.

Luis Alejandro Velasco

El 28 de febrero de 1955 se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación del destructor «Caldas», de la marina de guerra de Colombia, habían caído al agua y desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. La nave viajaba desde Mobile, Estados Unidos, donde había sido sometida a reparaciones, hacia el puerto colombiano de Cartagena, a donde llegó sin retraso dos horas después de la tragedia. La búsqueda de los náufragos se inició de inmediato, con la colaboración de las fuerzas norteamericanas del Canal de Panamá. que hacen oficios de control militar y otras obras de caridad en del sur del Caribe. Al cabo de cuatro días se desistió de la búsqueda, y los marineros perdidos fueron declarados oficialmente muertos. Una semana más tarde, sin embargo, uno de ellos apareció moribundo en una playa desierta del norte de Colombia, después de permanecerdiez días sin comer ni beber en una balsa a la deriva. Se llamaba Luis Alejandro Velasco.

Este libro es la reconstrucción periodística de lo que él me contó, tal como fue publicada unmes después del desastre por el diario El Espectador de Bogotá. Lo que no sabíamos ni el náufrago ni yo cuando tratábamos de reconstruir minuto a minuto su, aventura, era que aquel rastreo agotador había de conducirnos a una nueva aventura que causó un cierto revuelo en el país, que a él le costó su gloria y su carrera y que a mí pudo costarme el pellejo. Colombia estaba entonces bajo la dictadura militar y folclórica del general Gustavo Rojas Pinilla, cuyas dos hazañas más memorables fueron una matanza de estudiantes en el centro de la capital cuando el ejército desbarató a balazos una manifestación pacífica, y el asesinato por la policía secreta de un número nunca establecido de taurófilos dominicales, que abucheaban a la hija del dictador en la plaza de toros. La prensa estaba censurada, y el problema diario de los periódicos de oposición era encontrar asuntos sin gérmenes políticos para entretener a los lectores. En El Espectador, los encargados de ese honorable trabajo de panadería éramos Guillermo Cano, director; José Salgar, jefe de redacción, y yo, reportero de planta. Ninguno era mayor de 30 años.

Cuando Luis Alejandro Velasco llegó por sus propios pies a preguntarnos cuánto le pagábamos por su cuento, lo recibimos como lo que era: una noticia refrita. Las fuerzas armadas lo habían secuestrado varías semanas en un hospital naval, y sólo había podido hablar con los periodistas del régimen, y con uno de oposición que se había disfrazado de médico.  El cuento había sido contado a pedazos muchas veces, estaba manoseado y pervertido, y los lectores parecían hartos de un héroe que se alquilaba para anunciar relojes, porque el suyo no se atrasó a la intemperie; que aparecía en anuncios de zapatos, porque los suyos eran tan fuertes que no los pudo desgarrar para comérselos, y en otras muchas porquerías de publicidad. Había sido condecorado, había hecho discursos patrióticos por radio, lo habían mostrado en la televisión como ejemplo de las generaciones futuras, y lo habían paseado entre flores y músicas por medio país para que firmara autógrafos y lo besaran las reinas de la belleza. Había recaudado una pequeña fortuna. Si venía a nosotros sin que lo llamáramos, después de haberlo buscado tanto, era previsible que ya no tenía mucho que contar, que sería capaz de inventar cualquier cosa por dinero, y que el gobierno le había señalado muy bien los límites de su declaración. Lo mandamos por donde vino. De pronto, al impulso de una corazonada, Guillermo Cano lo alcanzó en las escaleras, aceptó el trato, y me lo puso en las manos. Fue como si me hubiera dado una bomba de relojería.

Mi primera sorpresa fue que aquel muchacho de 20 años, macizo, con más cara de trompetista que, de héroe de la patria, tenía un instinto excepcional del arte de narrar, una capacidad de síntesis y una memoria asombrosas, y bastante dignidad silvestre como para sonreírse de su propio heroísmo. En 20 sesiones de seis horas diarias, durante las cuales yo tomaba notas y soltaba preguntas tramposas para detectar sus contradicciones, logramos reconstruir el relato compacto y verídico de sus diez días en el mar. Era tan minucioso y apasionante, que mi único problema literario sería conseguir que el lector lo creyera. No fue sólo por eso, sino también porque nos pareció justo, que acordamos escribirlo en primera persona y firmado por él. Esta es, en realidad, la primera vez que mi nombre aparece vinculado a este texto.

La segunda sorpresa, que fue la mejor, la tuve al cuarto día de trabajo, cuando le pedí a Luis Alejandro Velasco que me describiera la tormenta que ocasionó el desastre. Consciente de que la declaración valía su peso en oro, me replicó, con una sonrisa: «Es que no había tormenta». Así era: los servicios meteorológicos nos confirmaron que aquel había sido uno más de los febreros mansos y diáfanos del Caribe. La verdad, nunca publicada hasta entonces, era que la nave dio un bandazo por el viento en la mar gruesa, se soltó la carga mal estibada en cubierta, y los ocho marineros cayeron al mar. Esa revelación implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor; segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los náufragos, y tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. Estaba claro que el relato, como el destructor, llevaba también mal amarrada una carga política y moral que no habíamos previsto.

La historia, dividida en episodios, se publicó en catorce días consecutivos. El propio gobierno celebró al principio la consagración literaria de su héroe. Luego, cuando se publicó la verdad, habría sido una trastada política impedir que se continuara la serie: la circulación del periódico estaba casi doblada, y había frente al edificio una rebatiña de lectores que compraban los números atrasados para conservar la colección completa. La dictadura, de acuerdo con una tradición muy propia de los gobiernos colombianos, se conformó con remendar la verdad con la retórica: desmintió en un comunicado solemne que el destructor llevara mercancía de contrabando. Buscando el modo de sustentar nuestros cargos, le pedimos a Luis Alejandro Velasco la lista de sus compañeros de tripulación que tuvieran cámaras fotográficas. Aunque muchos pasaban vacaciones en distintos lugares del país, logramos encontrarlos para comprar las fotos que habían tomado durante el viaje. Una semana después de publicado en episodios, apareció el relato completo en un suplemento especial, ilustrado con las fotos compradas a los marineros. Al fondo de los grupos de amigos en alta mar, se veían sin la menor posibilidad de equívocos, inclusive con sus marcas de fábrica, las cajas de mercancía de contrabando. La dictadura acusó el golpe con una serie de represalias drásticas que habían de culminar, meses después, con la clausura del periódico.

A pesar de las presiones, las amenazas y las más seductoras tentativas de soborno, Luis Alejandro Velasco no desmintió una línea del relato. Tuvo que abandonar la marina, que era el único trabajo que sabía hacer, y se desbarrancó en el olvido de la vida común. Antes de dos años cayó la dictadura y Colombia quedó a merced de otros regímenes mejor vestidos, pero no mucho más justos, mientras yo iniciaba en París este exilio errante y un poco nostálgico que tanto se parece también a una balsa a la deriva. Nadie volvió a saber nada del náufrago solitario, hasta hace unos pocos meses en que un periodista extraviado lo encontró detrás de un escritorio en una empresa de autobuses. He visto esa foto: ha aumentado de peso y de edad, y se nota que la vida le ha pasado por dentro, pero le ha dejado el aura serena del héroe que tuvo el valor de dinamitar su propia estatua.

Yo no había vuelto a leer este relato desde hace quince años. Me parece bastante digno para ser publicado, pero no acabo de comprender la utilidad de su publicación. Me deprime la idea de que a los editores no les interese tanto el mérito del texto como el nombre con que está firmado, que muy a mi pesar es el mismo de un escritor de moda. Si ahora se imprime en forma de libro es porque dije sí sin pensarlo muy bien, y no soy un hombre con dos palabras.

G. G. M. Barcelona, febrero 1970
Relato de un náufrago
Os aconsejo leer el libro

Fuentes

Un comentario sobre “Relato de un naufragio

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s