La historia de Caleb (I)

La labor del cuentacuentos

La historia de Caleb podría ser la misma, o muy parecida, a la historia de todos esos niños que nacieron, nacen y nacerán en tierras con muchas menos oportunidades. Sin embargo, hay algo que diferencia a Caleb: se cruzó conmigo. Este dato podría ser anecdótico, pero la única razón por la que estás oyendo hablar del chaval es porque había un cuentacuentos allí. La palabra escrita existe para ser leída y las historias para ser contadas, por eso mismo aquí os traigo: «La historia de Caleb».

La gente de Chocó

Caleb, dentro del departamento de Chocó, en el Pacífico colombiano no es un niño diferente, aunque le encanta el agua con poco más de un año no sabe nadar. No es extraño que pueblos que viven de cara al océano desarrollen un respeto al mar que se transforma en el rechazo a aprender a nadar.

Caleb antes de tener miedo al agua

Para llegar a esta zona de la costa del Pacífico sólo hay dos posibilidades, coger un avión nada económico o alguna de las barcazas, lanchas u otros transportes acuáticos. El océano es impredecible y más aún en estas latitudes, sin embargo, es el único medio de transporte que pueden costearse aquellos que no fueron bendecidos con la fortuna económica.

El gobierno colombiano comenzó una carretera que conectaría Nuquí con el centro del país, la corrupción, los vaivenes políticos y la falta de interés provocaron que este proyecto muriese en la selva como muchos otros lo han estado haciendo durante siglos.

Malos presagios

En un azar del destino, Caleb, su hermano mayor y su madre coincidieron conmigo en el «Karol Tatiana», jamás un nombre de mujer portaría tan negros presagios. Tras soltar amarras la inclinación del barco profetizaba lo peor. Ni los más impávidos consiguieron no sufrir un sobresalto al sentir como aquella barca costanera se escoraba de manera preocupante y la tripulación, en vez de volver a puerto, embocaba hacia la salida de la bahía como si nada sucediese.

Vanessa, la madre del niño, suplicaba por unos salvavidas. La tripulación se mofaba de ella: «Señora, tras doce horas los chalecos le llevarían al fondo del mar». Nunca entendí si realmente no se los querían dar, no existían o la calidad de estos hacía que no fuesen funcionales. Doce horas, a mi modo de ver, es tiempo suficiente para esperar a un rescate, si ese rescate no llega creo que la hipotermia o las criaturas del mar acabarán con los supervivientes.

Todos sabéis el resto de la historia, la Armada paró el barco, pero sólo para llevarse un sobresueldo. Tras cobrar su soborno, los militares dejaron que ese capitán, cómplice de un armador corrupto, nos adentrase en una tormenta en un cascarón maltrecho, cargado hasta los topes por unos estibadores incompetentes escorando el barco de manera temeraria.

Caleb y su hermano mayor

Un único fatídico golpe de mar, con una tormenta a la distancia, fue suficiente para volcar al «Karol Tatiana», herirlo de muerte y convertirlo de una víctima más del poderoso Dios Poseidón. Aquellos que sobrevivimos, aquellos que logramos agarrarnos con todas nuestras fuerzas a los restos del naufragio, aquellos a los que la mar océano nos reclamaba como tributos, como ofrenda para calmar su sed, somos aquellos que pueden contar la historia, los demás, pagaron un peaje mucho más alto que el coste de un billete de avión.

El valor de una madre

Es curioso la fuerza que tiene el ser humano, sin embargo, hay veces que necesitamos situaciones extraordinarias para darnos cuenta de todo el valor que atesoramos dentro. Vanessa, estaba al cargo de Caleb, pero también de su hermano. Dos hijos es una carga demasiado pesada para saltar a un mar de aguas turbulentas. Cuando el barco agonizaba sobre un costado y el agua iba inundando los camarotes. Vanessa entró para poder sacar a sus dos hijos de ese pequeño habitáculo que quería convertirse en morgue. Si el cascarón del «Karol Tatiana» no se transformó en un panteón marino con los cuerpos de aquellos que viajábamos en ella, no fue por la ayuda de la tripulación sino por el espíritu de supervivencia que atesora el ser humano, en especial cada uno de los 21 supervivientes.

La familia al completo

Este espíritu se expresa en cada persona de manera diferente, los instintos atávicos y primigenios hacen que algunos huyan sin pensar lo que dejan atrás, sin embargo, otros, en especial las madres, dejan a un lado su integridad personal y su tendencia es salvar a su progenie por encima de todo. Nosotros, incautos desafortunados que no huimos del barco cuando estábamos a tiempo, íbamos a ser enfrentados a una prueba que nos definirá de por vida.

Mis reacciones en aquel momento fueron extrañas, como si estuviese en una ensoñación, como si los gritos de desesperación invocando a Dios mientras el barco se iba a pique siguieran siendo parte de mi letargo y estuviese en un sueño vívido y no en una pesadilla en la vida real. Eso justifica que mis acciones se tornasen lentas, que mi adrenalina y mi corazón no sobrepasasen un umbral peligroso en el que las emociones tomen las decisiones por encima de la razón. Tener la sensación de estar en un mundo onírico podría ser la causa de las decisiones que tomé, mientras que la tripulación desatendía sus obligaciones y el pasaje saltaba al agua pensando que iban a perder la vida, yo estaba tranquilo, no tenía esa sensación. Eso me ayudó a mí, pero sobre todo a Caleb.

Vanessa se afanaba por huir con sus dos hijos por la puerta del camarote, yo pertrechado con lo imprescindible escale por encima de ellos para encaramarme cual grumete por encima de la menguante «Obra Muerta» que había sido estribor y ahora era la única superficie del barco que aún estaba fuera del agua. Desde esa improvisada atalaya, observé como uno a uno todos los pasajeros y tripulantes saltaban al vacío huyendo de esa ratonera que se afanaba en convertirse en nuestra última morada, lamentablemente lo consiguió para algunos de nuestros compañeros de viaje, que descansen con la paz que no tuvieron en su tiempo en la tierra.

Desde mi posición de observador, con la calma de aquel que se sabe buen nadador, veía a esas pobres almas arrojarse al océano como si esa masa enorme de aguas enfurecidas fuese una tabla de salvación, un lugar mucho más seguro que la agonizante embarcación que apestaba a corrupción.

La llegada de un héroe inesperado

Ahí estaba Vanessa, no sólo luchando por sobrevivir sino, como hacen las madres, anteponiendo el bienestar de sus hijos al suyo propio. Ella suplicaba ayuda mientras yo observaba impávido, no me considero capacitado para dirigir la evacuación de un barco y, sinceramente, nunca me he considerado un héroe. Mientras ella suplicaba ayuda para su bebé yo oteaba el horizonte con la máxima preocupación de meter mi móvil en la funda estanca y pensaba que otra vez me volvía a quedar sin nada. Mientras las luces de la costa siguieran allí nada me hacía pensar que lo que casi iba a perder esa noche era la vida, un bien que muchos no son conscientes de lo preciado que es hasta que se encuentran en esa delgada línea que nos separa de la muerte.

Un héroe inesperado

Vanessa se desgañitaba y mientras el agua seguía ascendiendo, cuando el agua ya alcanzaba la altura de sus rodillas pronuncié unas palabras de las que hoy en día aún no sé si debería arrepentirme: «Señora, yo le ayudo con bebé». El bebé era Caleb, un niño de año y medio asustado, un niño que no quería estar allí, pero sobre todo no quería separarse de su madre. Mi idea era simple. Visualizar un bote salvavidas, llevar al niño, subirme y esperar a que alguien nos sacara de allí.

Los planes no siempre salen bien, de hecho, echo la vista atrás, y donde algunos ven lecciones de vida yo sólo veo contratiempos, improbabilidades que ya sea Dios, el destino o alguna suerte de fuerza cósmica me llevaron a ese momento, a tener a un niño en brazos y a tomar las decisiones más difíciles y posiblemente desacertadas de mi vida reduciendo considerablemente mis posibilidades de supervivencia por ayudar a unos desconocidos.

Un niño busca a su madre

Caleb tenía 18 meses, no sé si a esa edad el «reflejo de inmersión» le hubiese salvado de morir ahogado. Demasiado lejos de ser un bebé, demasiado pequeño para valerse por sí mismo. Una malísima combinación. Él peleaba contra mí buscando a su madre. Mientras yo me afanaba en respirar y mantenerme a flote mientras las olas lanzaban con furia los restos del naufragio sobre nosotros, en uno de esos contratiempos los depósitos del barco expulsaron su contenido cubriendo la superficie del mar con una desagradable capa de hidrocarburos. Si ya era difícil mantener a Caleb por encima del agua, luchando contra sus arañazos y patadas cuando se cubrió de aceite todo fue a peor. Caleb se sumergió debajo del agua mil y una veces, y mil y una veces lo saqué de allí sin tener muy claro si su decisión de suicidarse no fuera la correcta. ¿Qué podíamos esperar cuando el último barco pasó de largo? ¿una muerte lenta y agónica de hipotermia? ¿Que el agua inundase nuestros pulmones de una manera y dolorosa? Por momentos, mientras mis fuerzas me abandonaban, pensé en dejarle ir, en dejar que llamase a su madre entre la tormenta, que fuese Dios quién tomase la decisión. No era el único que lo pensaba, una mujer me gritó: «Señor, deje al bebé y sálvese usted».

Vida después de la muerte

Durante horas, el mar no dio tregua con una continua lluvia que nos azotaba, olas que nos cubrían, relámpagos que eran nuestra única fuente de luz y truenos que nos recordaban que eso no iba a acabar. Cuando mi estamina se agotó cogí a Caleb y le golpeé con fuerza, le dije: «nos vas a matar a todos». Si hubiese tenido fuerzas para llorar lo hubiera hecho.

Afortunadamente para todos Caleb también perdió fuerzas, eso hizo que fuese más fácil sujetarlo de la camiseta mientras los caprichos del océano nos separaban del resto de los náufragos. Desafortunadamente su pequeño cuerpo no aguantó, el cansancio derivado del esfuerzo de luchar por llegar hasta su madre pasó factura y una ola se llevo su cuerpo inerte. No serían ni las dos de la mañana, nadie iba a venir a buscarnos y el niño estaba muerto.

Creo que dejarlo ir era lo más sensato. Mientras veía ese pequeño cuerpo que nadie lloraría como a Aylan Kurdi, pensé en todos los carteles de desaparecidos, en el dolor de las familias que buscaban a sus seres queridos y en el sufrimiento de una madre que me confió a su hijo en un desesperado intento de salvarlo. Fracasé. Fracasé como lo hecho muchas otras veces en mi vida. Hay muchas situaciones en las que intentarlo no es suficiente. Fue el miedo al fracaso, más que la resiliencia, lo que me hizo sumergirme una vez más para recuperar el cuerpo sin vida de Caleb para, en un improbable transcurso de los acontecimientos, devolver el cuerpo a su familia. No sé si fue mi mano quien lo encontró bajo el agua, o algún designio divino mostró algo de caridad para devolver ese pequeño cuerpo. Lo alcé sobre la plancha de fibra de carbono que nos ayudaba a permanecer por encima del agua por una última vez. La niña preguntó: «¿Está muerto el bebé?». Yo no respondí, era una conclusión obvia, pero eso no ayudaba a nadie y quería evitar que me conminaran a abandonar sus restos a la deriva.

Como no respiraba, más para dar esperanzas que por convicción, le realicé una tosca maniobra de reanimación. Dicen que cuando de verdad deseas que algo ocurra el universo entero conspira junto a ti para que esto se produzca. No creo en la filosofía barata de Paulo Coelho, sin embargo, la improbabilidad de lo imposible se produjo. Mis inexpertos soplidos se transformaron en vómitos, Caleb estaba expulsando toda el agua que tenía en estómago y pulmones. Si había muerto y había resucitado nunca lo sabré. Lo que es cierto es que eso nos dio fuerzas para aguantar las largas horas que aún nos esperaban hasta que al final la Armada, la misma Armada que ayudó a nuestro fatal desenlace, acudiera a una llamada de socorro y lograse sacarnos del agua.

Pasé esas horas hablando con el bebé, diciéndole que si salía vivo de allí tendría que convertirse en astronauta como reconocimiento, cantándole las «Mañanitas del Rey David», perturbando su sueño para asegurarme de que seguía vivo. Horas interminables, horas que no olvidaré.

[continúa en el próximo capítulo]

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