La asombrosa e inexplicablemente extraordinaria fábula del joven hidalgo

Érase una vez un joven, y pobre, hidalgo que en el lecho de muerte de su padre le prometió tres cosas: que recuperaría el honor de la familia, que le volvería a dar fortuna y que encontraría el amor para que se perpetuase el linaje.

Partiendo de esta premisa, sacada de viejos cuentos irlandeses la actualizaré para mis jóvenes lectores. Si entendemos por hidalgo como como un noble con nulos o escasos bienes podríamos asimilarlo en los tiempos actuales al hijo de un exempleado de Telefónica al que no ha podido enchufar a modo de pseudo-funcionario. Momentos antes de morir, avergonzado por no haber inscrito a su hijo en esas becas con acceso a promoción de ascenso vía lametón de culos, le dio un último consejo para que su hijo encontrase el camino del amor, la fama y la riqueza.

─Sigue el Camino del Norte ─dicho en un silencioso quejido entre toses y estertores que nada tenían que ver con la COVID-19.

Entendamos el Camino del Norte como algo filosófico mientras que el joven y millenial hidalgo hubiese preferido unas stock-options o un puesto en alguna de las mamandurrias de Esperanza Aguirre, pero no todo el mundo te puede hacer asesor.

Así que nuestro héroe cogió su corcel, o un BMW en su defecto, y se dirigió por el Camino del Norte, que podría ser el mismo que tomó Sigfrido o simplemente la A1 en dirección a la Ciudad del Santander. No sin mucho tardar encontró la primera de las pruebas que el destino le proporcionaría.

La primera prueba

En un costado del Camino del Norte se encontraba la bestia del Gévaudan. Un enorme lobo gris de considerables dimensiones que, a pesar de su glorioso y sangriento pasado, tenía la piel pegada a sus costillas provocado por el hambre. Los que entendáis de historias y de leyendas sabréis que, en la cruzada de nuestro joven protagonista, lo valioso de las últimas palabras del padre no estaba en el consejo en sí mismo, sino que le otorgó un propósito, algo para calmar sus ansias vitales, como cuando Donald Trump empezó su negocio sin más que muchas buenas intenciones, esfuerzo y el soporte de una groseramente grande y fraudulenta fortuna familiar. Así que nuestro pijo de familia bien de cierta hidalguía y mucha más gallardía le preguntó a la bestia, sin temor y con firmeza.

Esto no es un lobo, de hecho son dos coyotes

─Bella Bestia, usted ha atemorizado esta región durante años, concretamente entre 1764 y 1767, pero eso no viene al caso. Mi padre me dio un propósito y una pista. «En el Camino del Norte encontraré fama, dinero y sexo sin pagar». Usted ha sido el terror de esta tierra y estoy seguro de que podrá decirme dónde podré encontrar lo que busco.

─Amable joven, me enternecen sus palabras. Sin embargo, yo, al igual que su familia, viví tiempos mejores. Miles de jóvenes aventureros buscaron la fama intentado matarme. Yo uno a uno me fui comiendo a todos descuidando mis redes sociales. Al final las modas cambiaron y los jóvenes prefieren morir estúpidamente mientras graban un Tik-Tok en un acantilado, en vez de morir desangrados tras desgarrarles la garganta.

─Lamentablemente no tengo tiempo para ayudarle y mucho menos para escucharle mientras disimulo que no me importa. Así que continuaré mi camino.

La segunda prueba

La primera prueba de nuestro joven amigo no fue satisfactoria, pero eso no le amilanó. De biennacidos es tener objetivos claros, más moral que el Alcoyano y una Visa Oro por si pasa algo. Así que continuó su camino.

Esto no es un roble, pero es un árbol muy bonito

En la segunda etapa del camino se encontró a un árbol milenario. Uno de esos viejos robles que algún filocomunista había incluido en un catálogo de árboles singulares y que languidecía en una rotonda esperando su muerte para poder recalificar el terreno. No estoy seguro si el corcel se puso a pastar en el césped de la rotonda o nuestro amigo simplemente decidió aparcar allí el BMW, pero el caso es que se echó la siesta apoyando su cabeza sobre el tronco del árbol. No menos inesperado que el lobo hablase lo era que el roble empezara a gemir.

─ ¿Qué le pasa, viejo y decrépito árbol? No aguanta mi cabeza sobre su tronco o se queja porque empotré el BMW contra usted. A mí, como a Aznar, nadie me dice cuándo tengo que parar de beber.

─No es eso, hijo mío. Yo era un árbol joven y fuerte, pero un buen día un pirata, o en su defecto un promotor en connivencia con un político corrupto enterró en mis raíces un tesoro lleno de la ponzoña de sus operaciones especulativas. Es por ello por lo que no puedo seguir creciendo fuerte y con lozanía, es como si fuese un veneno que me corrompiera. Si sólo alguien me librase de tamaña carga…

─Lamentablemente no tengo tiempo para ayudarle y mucho menos para escucharle mientras disimulo que no me importa. Así que continuaré mi camino.

La tercera prueba

La segunda prueba de nuestro joven amigo no fue satisfactoria, pero eso no frenó sus ansias de grandeza, esas que son innatas a todo biennacido.

En la tercera etapa se paró delante de una gran torre, como no tenía cosas blancas que sobresalían sin sentido aparente se dio cuenta que no estaba hecha por Calatrava. En lo alto de la Torre se encontraba una joven princesa. Era tan bella que podría haber tenido más de un millón de seguidores en Instagram sin tener que enseñar las tetas. Sin embargo, descolgaba su larga cabellera a la espera de que un príncipe azul consiguiera escalar y salvarla de su cautiverio.

─Bella Rapunzel, está usted en la tercera etapa de mi desafío dónde encontraré honor, riqueza y amor. Usted lleva aquí infinidad de cuentos así que seguro que sabrá aconsejarme.

─Mi padre me ha dejado encerrada con las llaves por fuera desde que tenía Tuenti. Ahora busco a alguien que me rescate y con el que poder formar una familia con un perrito y colgar stories en Instagram.

─Lamentablemente no tengo tiempo para ayudarle y mucho menos para escucharle mientras disimulo que no me importa. Así que continuaré mi camino.

Los sabios consejos

La tercera prueba de nuestro joven amigo no fue satisfactoria, pero eso no frenó sus deseos ni de vaciar los huevos y ni de conseguir su objetivo. Como parecía que no estaba tomando el camino correcto decidió visitar al Gurú de la Montaña o a un coach que se anunciaba en LinkedIn.

Como nuestro protagonista había llegado al límite de crédito en la tarjeta, sólo tuvo acceso a la versión gratuita del coach tras registrarse, con algún que otro consejo críptico que no le ayudaría a triunfar en la vida ya que, como todo el mundo sabe, los coach sólo funcionan si les pagas.

Consejo 1: Sobre el amor

La princesa está triste porque está encerrada. Si lograses subir por su cabello a lo alto de la torre los dos estaríais atrapados dentro y seo no solucionaría nada. Lo más fácil es que como su padre se dejó las llaves puestas por fuera las uses para abrir la puerta. Eso sí, que liberes a la princesa no quiere decir que encuentres el amor.

Consejo 2: Sobre la riqueza

No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. El roble te dijo que había un tesoro enterrado. Como no quisiste ayudarle no has recuperado el cofre y no eres inmensamente rico. Eso sí, el dinero no da la felicidad, sobre todo, si no sabes gastarlo adecuadamente.

Consejo 3: Sobre la fama

La fama es efímera y dura sólo hasta que sale el próximo video viral. Si hubieses acabado con la Bestia del Gévaudan podrías haber sido reconocido como el salvador de la zona. La Bestia está débil e incluso alguien sin ninguna capacidad aparente como tú podría acabar con ella. Eso sí, el peligro está allí la Bestia podría recuperar sus fuerzas si alguien le diese la oportunidad.

La decepcionante vuelta a casa

Nuestro héroe, decepcionado por no haber podido acceder a la opción de pago por haber usado el crédito de la tarjeta en vidas del Candy Crush, empezó el camino de regreso sintiéndose abatido, sabiendo que nunca conseguiría sus objetivos porque eran inalcanzables. En el camino de vuelta, sin disimular su enfado, decidió ir a la torre de Rapunzel dónde un montón de pretendientes se tomaban selfies y bebían cerveza. Allí se aproximó a la parte de atrás y liberó a Rapunzel girando la llave que había dejado olvidada su padre y le dijo:

─Que te haya liberado no quiere decir que me ames, o algo así dijo el sabio.

Rapunzel, pasó de él completamente. Decidió raparse el pelo convivir en concubinato con el ama de llaves y hacer fortuna vendiendo su historia en el Diario de Patricia.

Nuestro héroe, incluso más decepcionado llegó hasta el roble con una pala en la mano. Luego le dio pereza y no quiso ponerse a cavar. El jardinero municipal sí que cavó y encontró el tesoro. En vez de hacerse rico llevó todas las pruebas a la fiscalía anticorrupción, el político corrupto y sus cómplices no acabaron en la cárcel, pero al menos pasaron vergüenza cuando la noticia salió en el periódico.

Antes de llegar a casa se aproximó al lobo, no por contarle aquello que le había dicho el gurú, sino para al menos poder consolarse viendo a alguien que estaba peor que él.

─Míranos a los dos. A mí mi padre me negó la oportunidad de ganarme la vida por mí mismo al no dejarme en herencia grandes cantidades de dinero y propiedades, sin embargo, tú desde que las presas no vienen a verte estás débil. ¿Quién es el más fracasado de los dos?

En ese momento la Bestia decidió recuperar sus fuerzas y engulló a nuestro joven y estúpido protagonista.

Moraleja (del cuento no el barrio)

La enseñanza que subyace es aquella de buscar la felicidad en objetivos lejanos sin ver metas cercanas.

Sólo escuché una vez esta historia de un cuentacuentos irlandés. Yo no hablo irlandés y esto sucedió hace más de 20 años así que puede que la historia no sea demasiado fiel al original. Si alguno conoce la leyenda y quiere ilustrarme bienvenido sea. También podría ser que no entendiese la historia y os esté contando una milonga.

¿Qué mierdas tiene esto que ver con el viaje?

En la entrada «Una familia feliz» me quedé con ganas de contaros una historia. Gracias a los amigos y contactos de Ariel nos invitaron a un asado en Eldorado allí conocí a uno de sus amigos que me dijo:

─Mira este pibe─ refiriéndose a mí─, deja el trabajo, deja el departamento y se va a dar la vuelta al mundo. Yo el miércoles tengo que ver lo que hago el fin de semana para ver si tengo que comer arroz para poder pagar la gasolina del auto.

La envidia es un motor muy potente, pero peligroso. Cierto, yo puedo permitirme dejar de trabajar y viajar. Sin embargo, teniendo tres títulos universitarios y tras trabajar quince años no tengo ni casa ni coche ni familia. El argentino que envidiaba «mi buena suerte», tiene 4 hijos con dos mujeres diferentes, un chalé con piscina, coche y llevó a su hijo a Miami a que se operase la nariz. A los 19 empezó a trabajar en un banco sin ningún tipo de estudio y ahora era el jefe de departamento de «procurement».

Esto sí que es un asado

Segunda Moraleja

Como segunda enseñanza podríamos decir que no debemos de buscar nuestra felicidad proyectándonos en los éxitos de los demás, puede que los demás deseen tener lo que nosotros queremos mientras nosotros anhelamos ser como ellos.

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