¡Che, qué bueno que viniste!

Después de viajar durante toda la noche casi sin dormir, llego con adelanto a un viaje sin fecha de vuelta y sólo alguien como yo es capaz de estresarse y de dejar el museo de la Casa Rosada a medias por llegar tarde. ¿A dónde llegaba tarde? Aunque el viaje lo he comenzado solo, de onsejo: no pierdas el contacto con las personas que alguna vez han sido importantes para tisin compañía, eso no quiere decir que no quiera ver a nadie. Mi primer Cicerón no ha sido ni más ni menos que el grandísimo Fran Barbarán, porteño de nacimiento bruselés de adopción y tesorero oficial de Les Gars Lactiques de Schaarbeck.

El encuentro apuntaba alto. Fran tenía que demostrar que tanto la pizza como el helado habían sido reinventados en Argentina por inmigrantes italianos llevándolos a grado superlativo y dejando la pizza napolitana para turistas de cruceros.

La cita fue en un Mc Donald aunque sólo por motivos de logística. Allí mi buen amigo me condujo a El Cuartito, pizzería mítica alabada incluso por italianos inmigrados aunque después renegaran de ello.

El test se hizo nivel master chef. Pizza Mozzarella para apreciar al máximo su sabor sin ingredientes y una Quilmes para pasar. He de reconocer que la pizza 🍕 no estaba mala pero de ahí a la mejor del mundo… ¡Pregunten en tripadvisor! Yo estoy muy lejos de valer para jurado.

Lo bueno de esta historia, más allá del reto culinario, es la importancia de la amistad. Para mí es importante mantener contacto con mis amigos, cierto es que a mayor nivel de conocidos más difícil es establecer lazos fuertes con todos ellos. Poder compartir un pizza con un amigo en Buenos Aires es algo improbable pero siempre es más fácil si tu círculo de amistades es amplio. Consejo: no pierdas el contacto con las personas que alguna vez han sido importantes para ti.

Como esto está quedando muy sentimental tendré que hablar de la situación contraria. Si hay que mantener a tus amigos cerca también hay que tener otra máxima: ‘cuidado a quién jodes’.

Os sabéis esa historia que cuenta que un señor se está tomando un café en un bar de carretera con su mujer. Llega un chaval con su coche tuneado y lo aparca en doble fila impidiendo que el Mercedes del señor pueda salir. El hombre acaba el café con su mujer y se decide a salir. Se monta en el coche y pita. El chaval, sólo por fastidiar, va a la barra y sigue bebiendo con sus amigos. Tras media hora decide que ya es suficiente y va ‘a liberar al pijo’. Cuando va a llegar al coche el Mercedes acelera y le revienta todo el lado del copiloto. El chaval le grita:

– Pero que haces loco.

– No sé cuantas cervezas has dejado de beber para pagar ese coche. Donde tú te crees que te sobran huevos a mí lo que me sobra es la pasta. Te voy a dar una lección de vida. Cuidado a quién jodes.

Ya que estamos en Argentina habrá que contar la versión porteña que como todo el mundo sabe, siempre es más exagerada.

Érase una vez la familia Anchorena de rancio abolengo criollo. Familia de la aristocracia noble de Argentina que huyendo de la nobleza europea se construye un palacio en Buenos Aires. Como un palacio es poco y recordando que en sus tardes en París la matriarca de la familia iba de su mansión al Sacre Coeur se construye una iglesia para poder ir desde casa y para tomar el té en la terraza del palacio y decir a las amigas. ‘Esa iglesia la he construido yo’.

Esta mujer tenía tres hijos. De los cuáles uno salió crapula. Mientras dilapidaba la fortuna familiar se dedicaba a seducir y después despreciar a todas las jóvenes de familia bien y deshonrar a las de familia no tan bien.

Entre tanto ajetreo llego el amor a la vida del joven Anchorena. Ese amor tenía la forma de una muy guapa y mucho más rica heredera de familia irlandesa. El joven presentó a la matriarca a su prometida y fijó la fecha de la boda. Sin embargo la matriarca Anchorena no estaba de acuerdo con esta unión. Si bien la joven de ascendencia irlandesa era rica, no pertenecía a la aristocracia. Así que hizo decidir a su hijo, si quería continuar con su unión perdería la fortuna familiar. Aquí el joven crápula decidió que eso del amor estaba sobrevalorado y que vivir del cuento era algo mucho más agradable. Eso destrozó el corazón de la joven y sobre todo irritó a su madre.

Corina Kavanagh no sólo era rica. Sino la clase de persona a la que es mejor no importunar. Así que decidió que esa afrenta no podía quedar impune. Planificó su venganza como el hombre del Mercedes. Compró los terrenos que estaban situados entre el palacio y la iglesia y decidió construir el primer rascacielos de Sudamérica para impedir la vista de la terraza a la hora del té.

Por supuesto esta historia no es del todo cierta pero no dejéis que la verdad estropee una bonita historia y sobre todo: Cuidad a los que queráis tener cerca y sobre todo cuidado a quién molestas nunca sabes quién puede ayudarte y quién puede joderte. Ahora para llegar a la iglesia del Santísimo Redentor hay que pasar por el pasaje Corina Kavanagh.

Para saber más edificio Kavanagh

7 comentarios sobre “¡Che, qué bueno que viniste!

  1. No sé si el viaje es para encontrarte a ti mismo, pero has empezado mitad en modo historiador y mitad en modo sentimental…jaja

    Te va a salvar que en la primera foto en tierras sudamericanas ya aparece una cerveza, lo cual tranquiliza y viene a demostrar que la cabra tira al monte 😛

    A disfrutar!!!

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  2. Echo en falta la valoración de la cerveza….. Igual no vales para jurado de pizza, pero para cerveza si valee!!! Y no me termina de convencer la historia…. resulta que la chica se venga de la madre por no permitir la boda y sin embargo al tío no le hace nada… ese final se puede mejorar… 😀

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