«El incidente» según «El Vasco»

Prólogo

A modo de homenaje y sin querer emular al Premio Nobel GGM haré un relato en primera persona de lo que me imagino que debió vivir «El Vasco». Un ejercicio literario más que periodístico. Espero que lo disfruten.

«El incidente» según «El Vasco»

Capítulo I: Partida

Era un día caluroso de verano. No era un día cualquiera, último día de clase y los niños se despiden durante las vacaciones. Es probable que algunos no vuelvan a verse, cambios de colegio o incluso de ciudad. Es la dura vida del profe viendo como los niños cambian y evolucionan. Yo no soy el mismo que cuando empecé el curso, pero los adultos no somos tan maleables como los infantes, en el fondo, aunque nunca dejé de ser un niño añoro muchas cosas de mi infancia.

La directora me insiste en que reconsidere mi decisión. Los padres y los alumnos han estado muy contentos con mi colaboración, pero tendrán que buscar otro profe. Mi decisión está tomada y buscaré nuevos horizontes lejos de San Sebastián.

«El Vasco»

El entrenador del Beasain y mis compañeros también están tristes. Después de tantos años jugando juntos tendrán que prescindir de mí. Me duele, mientras tomamos esa última cerveza en el batzoki me pregunto: «¿y si postpongo mi viaje un año más?». Afortunadamente mis vuelos están pagados y no voy a necesitar devanarme los sesos meditando una decisión que considero necesaria. Llevo años pensando en formarme en metodologías pedagógicas alternativas y este va a ser el año en el que esta aventura comience. Esa es mi voluntad.

Como es de esperar con tantas despedidas mis sentimientos son encontrados, por un lado, la ilusión de un nuevo proyecto, por el otro, sé que echaré de menos a mi familia y amigos. También a los niños y tendré un poco, por qué no decirlo, de morriña como dicen los gallegos. Siempre he soñado con México, pero echaré de menos a Euskalerria. En cualquier caso, esos sentimientos desaparecen en el momento que piso el avión.

La excitación de un nuevo comienzo, los viajes y tantos y tantos sueños e ideas. Estoy seguro de que mi decisión es la correcta. Abro el cuaderno que me regalaron para anotar mis experiencias a modo de diario. Mientras los otros pasajeros intentan dormir, yo voy escribiendo una línea tras otra en la página de mi diario. El viaje es largo, Chiapas me espera.

Capítulo II: México

La comunidad en Chiapas me acoge con mucho calor. Vivo en una casa con multitud de cooperantes y voluntarios, es como si fuese una comuna hippie. Formamos una pequeña gran familia. Hay gente de muchos sitios distintos, pero todos compartimos algo en común: «queremos aportar para hacer de éste un mundo mejor».

La pedagogía infantil es una gran parte de mi proyecto, sin embargo, México acabará dejando en mí un poso mucho más grande. Miles de experiencias en un mundo diferente dentro de este mismo planeta, a priori hubiera dicho que México y España comparten raíces y cultura, no obstante, Chiapas está muy apartada de Ciudad de México y de Dios. Los caminos entre los descendientes de Hernán Cortés y los indígenas nunca han llegado a converger y dudo que esta gente luche por llegar al vagón de cola de este mundo globalizado. Mis amigos de Guipúzcoa se sorprenderían viéndome, acompañando las protestas de campesinos armados con machetes y encerrando a la policía en su propia comisaría, sonrío pensado: «si lo viesen en Alsasua».

Capítulo III: Sudamérica

Poco a poco mi primer diario se va llenando de notas, dibujos, recuerdos y sobre todo de experiencias que dejan una marca indeleble, la marca de la epifanía. Sé que volveré, sé dónde está mi hogar, sin embargo, intento aprender al máximo de la experiencia para poder aprovecharla después.

Sigo alargando mi estancia en México hasta que me doy cuenta de que si quiero continuar viendo cosas diferentes necesitaré otro curso escolar. Con dolor de mi corazón decido despedirme, otra vez, y continuar un viaje a ninguna parte con el objetivo de seguir aprendiendo, sé que, si decidiera volver, siempre seré bienvenido.

Paisajes de Sudamérica
Paisajes de Sudamérica

Visito otros proyectos educativos, hago turismo y conozco sitios hermosos compartidos con gente interesante y maravillosa, sin embargo, mi tiempo se va acabando si decido estar disponible para el comienzo del nuevo curso escolar. Todos me han comentado que Colombia es un país alucinante y no voy a perdérmelo. Me alojo en casas de amigos que he ido conociendo y consigo descubrir un país ajeno al turista, un país lleno de contrastes y de gente que no dudaré en llamar amigos.

Una noche en Medellín, un amigo me insistió fervientemente.

─No puedes dejar el país sin visitar el Valle del Cauca, el Pacífico y las playas de Nuquí. Es un paraíso en la tierra y no sólo porque lo diga yo que soy oriundo. Además, allí no te encontrarás las playas llenas de turistas como en el Caribe, es la auténtica Colombia y no puedes dejar el país sin verla. Los barcos costaneros tienen mala fama, yo por eso llevo diez años cogiendo siempre el mismo sin ningún percance. Se llama Karol Tatiana, te apunto el nombre. Es mucho mejor ir sobre seguro.

Capítulo IV: Cali

Pasan los días y me resisto a admitir que el viaje se va acabando, coger un billete de vuelta vía México fue como caminar por tizones al rojo. Este año toca a su fin. He ido llenando tres diarios y me gustaría comenzar otro. Ya es julio y mi vuelo a Cancún es en agosto. La mayor parte del tiempo la he pasado en proyectos educativos y ahora toca disfrutar. Hedonismo puro y duro.

Los días pasan, visito parques naturales, sigo conociendo gente y veo como las etapas del viaje que hace meses empecé, se van quemando como si de una avalancha de nieve se tratase, al principio fue una pequeña bola y según se va aproximando la fecha de fin, parece una pared de hielo, nieve y rocas imparable.

Cali (Colombia)

Estoy triste, pero a la vez contento, releo mis diarios y no me arrepiento de nada. Además, si a la vuelta lo echo de menos América siempre estará aquí esperándome con los brazos abiertos.

Cali era sólo una parada intermedia para llegar a Buenaventura, no obstante, siempre hay una excusa para quedarme un día más, una persona, un evento, … tengo que decidirme y continuar el viaje. Mañana juega Colombia en la Copa América y la ciudad es una fiesta, pero al día siguiente cojo un autobús a Buenaventura y de ahí hacia el paraíso de las playas de Nuquí.

Como no tenemos mucho que hacer antes del partido, desde el hostal nos ofrecen la posibilidad de visitar un club de campo, como si fuese un pijo del PNV. No se lo contaré a nadie. En realidad, el sitio fue expropiado a los narcos así que tiene que ser interesante. Con una chica francesa del hostal y un alemán, que está medio loco, nos vamos a disfrutar de un día tranquilo. Se nos hace tarde y todos los taxistas de la ciudad han decidido volver pronto para ver a la Tri junto a familia y amigos. ¿Habrá que volver andando?

En la puerta del establecimiento me encuentro a un español, parece un tipo simpático. Me dice que es de Burgos ¿Alguna vez os habéis encontrado a un tipo de Burgos que no sea buena gente? Nos ofrece compartir su UBER, él lleva esperando un buen rato y nos dice que es la única manera de volver a la ciudad. Yo le invito a ver el partido con nosotros, intercambiamos números de teléfono.

Capítulo V: El gafe

Sigo retrasando mi viaje a Nuquí. Siempre surge algo, ayer se nos hizo tarde y al final creo que no es tan mala idea quedarme en Cali e ir al desfile del orgullo. El burgalés ha planteado ir a San Cipriano, parece que está de camino así que ¿por qué no?

He quedado con él en una esquina, pero me despierto tarde. Me llama al móvil cuando aún ni me he duchado y le digo que venga a mi hostal. Cuando salgo del baño le veo muy alterado. Le han atracado. Después de meses en México y muchos de los países más peligrosos de Centroamérica y Sudamérica, a mí no me ha pasado nada y a este pobre hombre le han robado hasta el pasaporte en Argentina y ahora le sacan una navaja. Yo creo que es gafe.

Capítulo VI: La decisión

Tras San Cipriano llegamos a Ladrilleros, el burgalés insistió en ver ballenas, pero al parecer la temporada no ha empezado, aunque ya haya cetáceos sin turistas no hay barcos. Allí el grupo se disgrega, ya me apetecía volver a ir a mi bola. Además, el alicantino es un poco cargante, se pasa el día en el hostal mirando el móvil.

Preparo mis cosas para coger el barco costanero, pero para ello primero tengo que llegar a la lancha que me deje en Buenaventura. Puedo compartir con el de alicantino el mototaxi y ya separarnos al llegar a puerto. La francesa se queda en Ladrilleros y el de Burgos se quiere ir a un parque natural, pero no creo que sea nada especial. Yo estoy cansado de Tours para turistas y quiero algo auténtico.

Al final el de Burgos también se viene, el guía no ha aparecido y lleva horas esperando. Creo que nada puede borrar su gafe. Una vez en el puerto le hago tomar una decisión: «¿Vienes conmigo a Nuquí?».

Capítulo VII: El puerto

Vamos un poco justos, pero ya estamos en el puerto. El alicantino se va a la estación. Nadie llora su marcha. Descubrimos que esos barcos costaneros no salen del puerto. Salen de otro punto de la ciudad y no nos queda otra que coger un taxi. La ciudad es mucho más grande de lo que aparenta.

Llegamos a un sitio extraño, carreteras sin asfaltar y puertas de garaje que sorprendentemente llevan a barcos anclados donde los operarios se afanan en cargar mercancías. Somos los únicos blancos de toda la calle. La gente nos mira como si fuésemos extraterrestres. El taxista va preguntando sin saber muy bien dónde va. El sitio no parece seguro, seguimos en la ciudad más peligrosa de Colombia, hay que tener cuidado.

Cuando aún no sabíamos que la tragedia se cernía sobre nosotros
Cuando aún no sabíamos que la tragedia se cernía sobre nosotros

Tras mucho preguntar el taxista encuentra el Karol Tatiana. Nos cobra una propina que no hemos ofrecido y vamos corriendo a comprar nuestros pasajes. El burgalés no se fía un pelo, no le veo tranquilo. Le intento calmar, al fin y al cabo, mi amigo me recomendó precisamente este barco. El barco debería haber salido, pero tenemos suerte aún, está ahí. Nos dicen que volvamos en dos horas, que aún quedan cosas por cargar. Aquí empieza la aventura, esto no es Euro Disney, esto es auténtico, estamos cruzando la barrera entre el viajero y el turista.

Capítulo VIII: «Karol Tatiana»

El barco está muy cargado. Llevamos horas de retraso, pero siguen subiendo material de construcción, comida o incluso gallinas. Estos barcos son el principal medio de comunicación de las ciudades costeras con la civilización. El armador cobra por cada pieza de carga así que cuanto más mejor.

Bodega, pasillos, … hasta los camarotes están llenos de mercancías y eso que son espacios minúsculos, seis literas en un cubículo de aproximadamente un metro cúbico. En un habitáculo tan claustrofóbico no hay manera de estar tumbado y a la vez meter la mochila. La única opción es que duerman al raso. En aquel momento no parecía mala idea dejarlas en un banco.

Llega el momento de partir. Cuando las amarras son liberadas la barcaza se escora de manera peligrosa. He reconocer que en ese momento me entran las dudas. Sin embargo, los locales están calmados, o casi, se oyen tímidas quejas, pero su calma está a la par de esa conciencia tranquila del que no sabe que existe otra manera de funcionar.

El «Karol Tatiana»

El motivo del retraso no era otro que la avaricia por almacenar toda la carga posible. Volver a puerto y reacomodar la carga, lamentablemente nunca ha sido una opción, el puerto había cerrado hace más de una hora. Navegar con la marea tan baja es peligroso e ilegal. La opción de esperar hasta el día siguiente ni se contempla. Lacónicamente uno de los paisanos dice:

─No importa salir tarde, va a llegar a la misma hora.

La cara de preocupación del burgalés es un poema. Las conversaciones con el resto de los pasajeros no tranquilizan, que si «la línea de flotación», que si «el patrón tendrá que ir escorado y más lento», «no se puede navegar así con mar bravo», … todo suposiciones. Nadie hace un drama de la situación, las han visto peores y se sienten seguros. Sólo una señora pide chalecos para ella y para sus hijos. Un marinero se ríe de ella:

─Señora, el chaleco se pone húmedo y le lleva al fondo. No valen para nada.

La verdad que los lugareños parece que afrontan el mundo y la vida en general de una manera de la que tendríamos que aprender en Europa. Deberíamos reflexionar en la conveniencia de tomar la vida según nos viene, sin tantos aspavientos y sin pedir responsabilidades a terceros.

Capítulo IX: «La Armada»

Antes de salir de la Bahía de Buenaventura una fragata de la armada nos encaró pasando por alto la manera temeraria en la que el barco se escoraba. Vi la cara de alivio en el burgalés al ver a los militares dar la vuelta para registrar el barco. El pasaje estaba nervioso, eso significaba volver a puerto, reacomodar la carga y, posiblemente, aligerar peso. Menos carga más retraso, significa perder dinero.

Una oficial se dirigió a nosotros por ser extranjeros y nos trató como a delincuentes, racismo inverso. Ni siquiera me dejaron acariciar al perro que registraba nuestros equipajes. Se ve que en esta región al extranjero se le vincula con la droga. También podría ser que no les gustan los testigos, no caí en ello hasta después.

Milagrosamente, posiblemente previo pago, los militares hicieron la vista gorda y nos dejaron marchar. Eso es bueno ¿no? El barco continúa como si todo fuese normal. Ahora la tripulación se esfuerza en servir la cena antes de abandonar la bahía y salir a mar abierto.

Bahía de Buenaventura

Tras el primer embate quedó demostrado que aquello era una idea acertada, poco a poco la cubierta se iba vaciando. El barco se movía con furia y eso que parecía que la tormenta aún no había llegado. El burgalés se va al camarote con síntomas de mareo ¡y eso que él quería comprar una botella de ron!, menos mal que no me convenció. Me quedo hablando con un señor que me recomienda los mejores sitios para pernoctar en Nuquí. Al rato él también decide irse a dormir y me quedo sólo con mis diarios con muchas cosas para escribir. Mientras el continuo vaivén de las olas hace complicado permanecer de pie.

Capítulo X: «El incidente»

Agradezco esa soledad sin nadie que me incomode, sólo yo y el mecer de las olas furibundas. Veo una gran ola aproximándose por babor, me detengo a observarla. Es un visto y no visto. Un solo golpe de mar es suficiente para volcar la embarcación. El motor deja de funcionar, la gente empieza a gritar y el barco se escora hasta quedarse de lado. Decido recoger y guardar el móvil en la funda estanca, pero es imposible. El barco se ha ido a pique en cuestión de segundos. No me queda otra opción que saltar al agua como el resto de los pasajeros. Allí sólo hay caos, la gente busca a sus familiares y casi nadie sabe nadar.

Consigo llegar al único bote salvavidas que ha salido a flote. No han conseguido liberarlo a tiempo y está boca abajo con multitud de manos que lo consideran su única tabla de salvación. Agradezco todas las lecciones de natación de mi vida y esas mañanas con mis padres en la playa de La Concha. El descontrol es total, la gente está extremadamente nerviosa y no se puede organizar. Tras mucho gritar consigo que colaboren para dar la vuelta al bote. La solución es efímera. Muchos intentan subirse a la chalupa y al final el agua penetra dentro enviándola al fondo del mar. Consigo recuperar algún resto del naufragio para ayudarme con la flotabilidad entre olas de un tamaño descomunal y una tormenta de rayos y truenos que se cierne sobre nosotros con negros presagios.

Capítulo XI: «Camina hacia la luz»

Un barco pasa delante de nosotros. Es sólo una esperanza efímera ya que ni hace amago de detenerse. No ha habido una señal de alarma, aunque el marinero proclamó que lanzo la señal de socorro.

Estamos condenados, la única opción de esa pobre gente es dar la voz de alarma antes de que los dioses de los océanos reclamen su parte. Consigo que un grupo de gente joven y fuerte me acompañe hasta la playa. No sé la distancia exacta, pero veo las luces. Somos la única esperanza de salvación.

Es un esfuerzo de resistencia y no de velocidad, somos cuatro personas agarradas al tronco de una palmera. No ha pasado ni una hora y uno ya ha dejado de empujar, dice que tiene calambres. Los otros tampoco colaboran demasiado. Me doy cuenta de que todo es un subterfugio y que su intención nunca fue llegar hasta la playa.

Apoyado en una plancha de poliespán me decido en mi aventura en solitario. No puedo esperar la colaboración de los demás y si no viene ayuda es muy posible que nadie sobreviva. Con mucho esfuerzo sigo con un objetivo claro, las luces de la costa.

El mar me trata con dureza, estoy rodeado del petróleo del barco y de restos del naufragio que la tormenta lanza sobre mí, sin embargo, no desfalleceré. Tras varias horas consigo vislumbrar mi objetivo. A sólo un centenar de metros, entre acantilados de más de treinta metros que mueren abruptamente en el mar, puedo discernir una playa. Hago acopio de fuerzas y me decido al ataque final.

La resaca es fuerte, yo no lo sabía, pero los marineros sí, por eso nunca intentaron llegar a la costa. Esta parte de Pacífico tiene una de las mareas más grandes del mundo, luchar contra ella es muy difícil. Pienso en los niños y en los ancianos y eso me da fuerzas para una y otra vez cabalgar las olas con potentes brazadas e intentar traspasar esa barrera que no parece infranqueable. No obstante, el océano es implacable, me devuelve al interior una y otra vez, como si fuese un depredador jugando con su presa. Soy el ratón de un gato enorme, un gato azul de millones de kilómetros de inmensidad, un gato de agua que no tiene hambre, no quiere matarme, sólo jugar.

Sin darme cuentas me he quedado sin fuerzas, no puedo seguir luchando. La conciencia empieza a abandonarme, nadie podrá decirme que no lo intenté. Floto como un peso muerto a merced de las olas, una tras otra pasan por debajo de mí para morir en una playa que fue mi objetivo y es su destino final. Ahora esa playa parece muy distante, un centenar de metros ha sido la distancia entre vivir o morir. Mientras pienso en los míos en todas las personas a las que quiero se aproxima una luz y un único pensamiento me atrapa: camina hacia la luz.

Capítulo XII: «Los pilotos prácticos»

Yo no sabía que aquel había sido el último barco del día. Y no sabía que es imposible luchar contra la resaca en esa parte del océano. Yo no sabía que la única esperanza era sobrevivir hasta que por la mañana y esperar ser localizado por algún barco que diese la voz de alarma. Los tripulantes y alguno de os pasajeros sí lo sabían. Por eso el objetivo de los chicos nunca fue llegar a la playa, sólo situarse en una zona donde pudieran ser localizados con mayor facilidad.

Una lancha con los pilotos prácticos que analizan que la vía sea segura para el resto de las embarcaciones localizaron a tres chicos agarrados a una palmera. Cuando los rescataron dieron la voz de alarma. Hay una base de la Armada a unos kilómetros, cinco minutos en lancha rápida. Unos rescatadores que hubiesen salido si ese marinero hubiese lanzado el SOS antes de hundir el barco.

Ahora ya es tarde. Yo camino sobre las aguas, siguiendo a la luz. Una luz que me sacará de las tinieblas y me llevará a un lugar mejor, un lugar donde se puede vencer al océano.

Yo tampoco sabía que los chicos dijeron: «Hay un vasco intentando llegar a la playa». Tampoco sabía que la luz era el foco de la lancha de los pilotos prácticos. Tampoco sabía que, en realidad, no caminaba sobre las aguas, sino que estaba siendo rescatado. Tampoco sabía que todo eran alucinaciones hasta que desperté del trance. Sólo entonces me pregunte: «¿Ha sobrevivido alguien más?»

Epílogo

Después de tanto tiempo y sin notas al respecto he intentado ser lo más fidedigno posible. Como veis es la misma historia contada muchas veces. En lo detalles y matices es dónde puedo fallar, ya que, la verdad es una quimera efímera que aparece y desaparece dependiendo siempre del emisor y del receptor. Sólo puedo concluir: «Esta es la historia y así os la hemos contado».

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